07 julio, 2015
La Reforma Electoral, aprobada recientemente por la Cámara de Diputados de Tlaxcala, debe pasar a los municipios para el mismo trámite.
Y pese a que muchos consideraron que sería agua pasada, los municipios se pueden convertir en la piedra en el zapato del marianismo que, para tener mano en la sucesión del Gobierno del Estado, debe lograr una aprobación contundente por el 50% más uno de los 60 gobiernos municipales.
Hay un principio en política que establece que “la forma es fondo”.
Si, como denunció el presidente del Comité Directivo Estatal (CDE) del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Juan Manuel Cambrón Soria, el Secretario de Gobierno, Ernesto Ordónez Carrera está presionando a los alcaldes a votar en favor de la reforma, puede estropearse el propósito original de la administración marianista.
Resulta que si nos apegamos a la forma, no es lo mismo urgir a que los Ayuntamientos se pronuncien en uno u otro sentido respecto a la reforma, que exigir a los alcaldes que aprueben dicha reforma.
En el primer escenario (urgir el pronunciamiento), es tarea de la Secretaria de Gobierno hacer un llamado a los gobiernos municipales a que no retarden abordar el tema en sus sesiones de cabildo, pues dicha reforma camina contra reloj constitucional.
En el segundo escenario (presionar a la aprobación), se estaría violando la autodeterminación de los Ayuntamientos, y con ello se estaría enrareciendo el clima político de la entidad, hecho que poco o nada conviene en estos momentos al gobierno estatal.
Y si nos apegamos al fondo, el marianismo estaría dando la señal de que no tiene amarrado el proceso de selección de candidato al interior del Partido Revolucionario Institucional para las elecciones del próximo año.
En ese caso, estaría perdiendo los puntos ganados en la elección del “carro completo” y dejaría paso para que el Comité Ejecutivo Nacional del PRI determine quién abanderará al priísmo en la contienda electoral de 2016.
Correr una carrera a contrapelo, podría ser el ocaso del marianismo.
Edgar R. Conde Carmona