04 septiembre, 2015
Reza el dicho popular: “el miedo no anda en burro”. Y antes de que se les “haga bolas el barniz”, los diputados locales prefirieron el adagio “aquí corrió y no aquí murió”.
Al aprobar la Ley de Instituciones y Procedimientos Electorales para el Estado de Tlaxcala, los legisladores locales pusieron candados infranqueables a la figura de las candidaturas independientes.
Difícilmente veremos en Tlaxcala, el ejercicio democrático que tanto llamó la atención en otras elecciones (Nuevo León, por ejemplo).
Las cotas impuestas por los representantes del Poder Legislativo son muy altas, de plano inalcanzables.
Para la elección de Gobernador, el candidato independiente requiere el apoyo del 3% por ciento de la lista nominal de electores del estado (más de 836 mil).
Eso significaría que solo para ser considerada, Adriana Dávila por ejemplo, que ya externó como posibilidad esa vía, necesita el apoyo de por lo menos 25 mil empadronados.
La complicación se hace más grande si alguien intenta competir por una diputación local, una alcaldía o una presidencia de comunidad.
En estos tres casos, los aspirantes necesitan contar con el aval del 8% por ciento de los ciudadanos registrados en la lista nominal de la jurisdicción a la que aspiran.
Total, que fieles a sus principios de “política corporativa”, los legisladores aprobaron, en contraparte las candidaturas comunes, que benefician a los “partidos satélite”.
Así, con argumentos legaloides, los integrantes de la LXI Legislatura desaprovecharon la oportunidad de registrar sus nombres en la historia de Tlaxcala.
Y, con tintes mercenarios, prefirieron quedarse en la oscura soledad que otorga el miedo.