ENCUENTRO DE ARTISTAS VARIOS

29 agosto, 2011

Por TZUYUKI ROMERO

Llegamos al lugar. Una discoteca anticuada venida a menos. No llevábamos invitación impresa, aunque vía internet se nos había hecho saber del convivio anual de artistas. Estábamos emocionados por poder hablar con el jefe de cultura.

Cuando nos sentamos se acercó a nosotros un mesero amanerado, de cabello relamido, ojos saltones, chaleco color vino sobre camisa blanca y pantalón negro.

Después de un monólogo que no entendimos muy bien nos dijo que tenía que cobrarnos la cena por adelantado. Eran doscientos cuarenta pesos. Gerardo pagó con un bi­llete de quinientos y el mesero tardó un poco para traer el cambio.

Al cabo de un rato apareció una mujer de vestido azul turquesa, cabello rubio y rizado recogido con ayuda de una flor plástica. Nos sonrió ampliamente y nos puso en la solapa unos distintivos que según dijo, había hecho ella.

La vimos ir a tomar asiento en la mesa del jefe de la mafia cultural del estado. Le pregunté a Gerardo quién era la mujer y contestó que se trataba de una pintora de nombre Clementina que era organizadora del evento y había gana­do varias veces el premio de artes plásticas.

A nuestra derecha vimos a los actores, que se subían a las mesas, hacían reverencias y reían a carcajadas. Del lado izquierdo del salón estaban los músicos, bebiendo afable­mente y tarareando canciones. Al fondo estaban los de artes visuales, callados sí, pero tomando como si echaran carreras.

Después de terminar con el primer tiempo de la cena, vinieron a la mesa dos adolescentes exageradamente maquilladas con una libreta y las intenciones de cobrar­nos de nuevo los platillos. Les hice saber que ya habíamos pagado. No es posible, dijeron las mocosas edecanes, so­mos las únicas que recibimos dinero.

Cuando estábamos en esas, se acercó una mujer oscura, de cabello corto y rizos pequeños que parecía ser afanadora. Sin que nadie la invitara a participar en la charla, nos acusó de ladrones.

Nos sentimos acorralados. Busqué con la mirada al mesero mientras las adolescentes y la señora de limpieza nos gritaban que pagáramos o si no, ordenarían que nos sacaran. Tuvimos que desembolsar nuevamente la cantidad y nos sentamos a la mesa. Los tres remedos de mujer se esfumaron.

En otra mesa, el jefe de cultura daba grandes risotadas y le miraba el escote a Clementina.

Comimos poco. Tuvimos intención de acercarnos a so­cializar con el hombre pero no lo hicimos pues en su mesa se arremolinaron varias personas. Parecía muy ocupado charlando con el par de edecanes y sobre sus piernas tenía al mesero que, extrañamente, traía en la cabeza una peluca oscura de rizos pequeños.

Algo confundidos salimos del lugar esperando llamar la atención del jefe en la siguiente reunión; con suerte lograríamos una beca, probablemente un premio.

Comentarios