Pasajes de un pescador

24 abril, 2014

Por JAVIER CONDE/ CRÓNICA

* Dedicada al último líder del mundo, al hijo de Dios.

En la Ciudad del Vaticano comenzó el rictus de aquel hombre que siempre alimento el amor en Dios, en la humanidad, en sí mismo: Karol Wojtyla. Y todo quedó consumado cuando el Papa Benedicto XVI tomó en sus manos y besó lentamente, con su anillo de pescador la reliquia de su antecesor Juan Pablo II.

En una mañana divina, el estadista, el teólogo, el viajero, el hombre sereno, el hombre que nunca creyó en las guerras, el mensajero de Dios, el político, el deportista, el que se ganó un lugar en el corazón de propios y extraños, el amigo fiel, el poeta, el que salió de las grutas vaticanas en su féretro hoy es beato.

Y nuevamente, Juan Pablo II unió al mundo entero, unió razas, unió voluntades, unió jefes de Estado, unió la fe, unió la fiesta del mundo católico, unió al amor, unió a los que se alejan de Cristo, unió a sus singulares devotos.

Un momento emotivo de su beatificación fue cuando se descubrió en la plaza de San Pedro la fotografía de Karol Wojtyla, tomada en el año de 1995. Y también cuando Benedicto XVI besó aquel relicario donde está la sangre de Cristo, donde está la pequeña ampolla con la sangre de Juan Pablo II.

El hijo de Dios una vez más movió masas, voluntades, creencias y conmovió el corazón de quienes fueron fieles testigos de cómo Juan Pablo regresó en el interior de su sarcófago, en medio de honores, para seguir proclamando la palabra del eterno.

Las campanas retumbaron en el vaticano y comenzaron a ondear las banderas de muchas naciones, principalmente, la de Polonia. En ese lugar se entonó el honor a la gloria. Ahí, Benedicto XVI ratificó que Juan Pablo II es Beato, Jesús el hijo de Dios y Dios, el emperador del cielo.

La prensa electrónica e impresa decía que la seguridad era estricta: amplios sectores de Roma, a kilómetros del Vaticano, estaban cerrados al tráfico automotor, helicópteros surcaban el cielo, lanchas policiales recorrían el cercano río Tíber.

Y unos 5 mil agentes uniformados patrullaban las barricadas para asegurar que los religiosos, las delegaciones oficiales y los poseedores de los codiciados pases VIP, pudieran llegar a sus lugares.

Los pasajes del pescador

Y el último líder del siglo XX, el hombre que sigue vivo después de la muerte, es desde hace mucho tiempo el hijo prodigio de Wadowice, una pequeña ciudad a 50 kilómetros de Cracovia, Polonia.

El hombre que hoy es bendito, nació el 18 de mayo de 1920. El más pequeño de los hijos de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska fue víctima en su infancia del sufrimiento que lo hizo más fuerte.

Su madre falleció en 1929. Su hermano mayor Edmund (médico) murió en 1932 y su padre (suboficial del ejército) en 1941. Su hermana Olga murió antes de que naciera él. Y pese a todo jamás desfalleció.

Karol siempre tuvo voluntad para crecer espiritualmente. En el año de 1938, se matriculó en la Universidad Jagellónica de Cracovia y en una escuela de teatro. Incluso, actuó en medio de la clandestinidad cuando la libertad estaba restringida.

Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad, en 1939, el joven Karol tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania.

Y en medio de la Segunda Guerra Mundial, Wojtyla decidió emprender su camino en los pasillos de la Iglesia Católica. En su pasión por ser el mensajero de Dios fue vicario, capellán, doctor en teología, cardenal, obispo de Roma.

En su pasado sólo quedan reminiscencias de cuando soportó hambre, soportó el rostro de la muerte, soportó la pobreza, soportó la locura del mundo nazi, cuando pidió perdón frente al muro de los lamentos, cuando ofició misa en la Plaza del Pesebre de Belén y en el Museo del Holocausto. Siempre valiente.

El momento más importante en la vida del polaco fue cuando los cardenales reunidos en Cónclave lo eligieron como Papa, el 16 de octubre de 1978.  Tomó el nombre de Juan Pablo II y el 22 de octubre comenzó solemnemente su ministerio petrino como 263 sucesor del Apóstol Pedro.

Y el pontificado del jefe del Estado del Vaticano ha sido uno de los más largos de la historia de la Iglesia y ha duró casi 27 años. Con el lema “hágase rápido, pero hágase bien”, el sumo pontífice inició su andar por el globo terráqueo.

El pescador realizó numerosas canonizaciones y beatificaciones para mostrar innumerables ejemplos de santidad de hoy, que sirvieran de estímulo a los hombres de nuestro tiempo.

Juan Pablo celebró 147 ceremonias de beatificación -en las que proclamó  mil 338 beatos- y 51 canonizaciones, con un total de 482 santos. Proclamó a santa Teresa del Niño Jesús Doctora de la Iglesia. El hombre que realizó 104 viajes fuera de Italia y 146 al interior por el interior de este país, era incansable.

En el Vaticano donde se guardan secreto de dos mil años de historia, en aquellos corredores de la Capilla Sixtina asumió un verdadero liderazgo. Siempre creyó entre las naciones no debía haber revanchsmo y que las guerras de los hombres necios sólo dejaban miseria, rencor y muerte.

Juan Pablo II promovió el diálogo con los judíos y con los representantes de las demás religiones, convocándolos en varias ocasiones a encuentros de oración por la paz, especialmente en Asía.

Lo mismo hizo con políticos de diversas naciones, pero entró y salió de Cuba con todos los honores, cuando él se oponía al régimen socialista porque él era firme creyente en la teología de la liberación humana.

El don del perdón

Ni los disparos dirigidos entre la multitud por aquel simpatizante de la extrema derecha turco evitaron que el líder de la grey católica siguiera su peregrinar. En su corazón no había rencores y le concedió años después ese don del perdón.

Mehmed Ali Agca arrastra tras de sí una historia de asesinatos, fugas y clemencias papales. Una historia que arranca en los suburbios turcos y terminó entre las cuatro paredes de una celda, previo paso por la plaza de de San Pedro, donde, en 1981, trató de acabar con la vida de Juan Pablo II.

¡México, siempre fiel!…

En su labor pastoral, en su tarea de pregonar el Evangelio, Juan Pablo II vino a México en cuatro ocasiones. En las calles de aquellas ciudades por donde pasó derramó pasiones, provocó llanto, provocó euforia. Hizo que aflorara la alegría.

En medio de ríos de gente, de diversas ideologías y de hasta de una misma, Karol Wojtyla rompió los protocolos de un Estado Laico, la forma de predicar el Evangelio, de expresar con palabras esas vitaminas para los desamparados y fuerzas para los sanos.

Y cómo olvidar que siempre el Papa creyó en la historia de tres niños mártires: Cristóbal, Antonio y Juan. Y decidió beatificarlos. Cómo olvidar que transitó en su papa-móvil en medio de aquellos tapetes multicolores, de aquel terciopelo de flores y serrín que elaboran artesanos huamantlecos.

Y como no recordar aquellas frases que inmortalizó en nuestro país: “México, siempre fiel… Me voy… pero no me voy… me quedo”. “La Virgen de Guadalupe, reina de México y Emperatriz de América”…

Cuando el mundo lloró…

Juan Pablo II, falleció el dos de abril de 2005, a las 21:37, mientras concluía el sábado, y ya habíamos entrado en la octava de Pascua y domingo de la Misericordia Divina.

Desde aquella noche hasta el ocho de abril, día en que se celebraron las exequias del difunto pontífice, más de tres millones de peregrinos rindieron homenaje a Juan Pablo II, haciendo incluso 24 horas de fila para poder acceder a la basílica de San Pedro.

En un comunicado divulgado dos horas antes del fallecimiento del Pontífice, se había dicho que tenía fiebre alta y seguía muy grave, pero que entendía cuando sus ayudantes le hablaban.

La salud del pontífice decayó la noche del jueves, cuando el Vaticano anunció que estaba “muy grave” y que había sufrido un “colapso cardiocirculatorio” pocas horas después de que su condición empeorara a causa de una alta fiebre provocada por una infección urinaria.

Esa misma noche, el Papa recibió la Unción de los Enfermos, el sacramento cristiano reservado para aquellos que están cerca de la muerte. Y después, el corazón dejaba de latir. De inmediato empezaron a conocerse tributos y muestras de dolor en el mundo entero.

Para el 28 de abril, el Santo Padre Benedicto XVI dispensó del tiempo de cinco años de espera tras la muerte para iniciar la causa de beatificación y canonización de Juan Pablo II. La causa la abrió oficialmente el cardenal Camillo Ruini, vicario general para la diócesis de Roma, el 28 de junio de 2005.

Pero en su agonía Juan Pablo II le dictó a su secretario, Stanislao Dziwiwisz, una carta en la que decía: “Soy feliz, séanlo también ustedes. No quiero lágrimas. Recemos juntos con satisfacción. A la Virgen confío todo felizmente”. Hoy, finalmente es Beato, el vicario de Cristo, el hijo de Dios.

* Crónica escrita el 12 de mayo de 2011, con motivo de los primeros diez años del fallecimiento del hombre más influyente del Siglo XX.

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