23 diciembre, 2012
Primera de cinco partes
Por JAVIER CONDE
El caos, el desconcierto se adueñó de las colonias El Arenal y San Damián, pues era impactante que un río llevara fuego y no agua; era asombroso observar personas calcinadas, vehículos y casas-habitación reducidas a chatarra y escombros. Tal parecía que un jinete del Apocalipsis, el de la muerte, había cabalgado en su pálido corcel.
Impensable que esto pasara en Texmelucan, un municipio próspero del estado de Puebla. Esto fue lo que mis ojos vieron y que lo plasmaron en palabras para entender lo que ocurrió en ese domingo negro, donde los gritos de pánico, de sufrimiento, de un profundo dolor, no dejaron de cesar. Aquí nada volverá a ser igual.
En ese sitio privó el pánico, la incertidumbre cuando el cielo se tiñó de rojo, cuando una explosión en un ducto de Petróleos Mexicanos (Pemex), se convirtió en una muralla de fuego que arrasó -en segundos- con la vida de 28 personas, que cambió el destino de 54 más y que llenó de luto a la sociedad.
Y es que un estruendo, en medio del alba cimbró a la población que se estima en más de cien mil personas, pero lo trágico sucedió en la calle Camino Antiguo de San Damián, donde el combustóleo se transformó en un dragón de fuego, de una y mil cabezas, devastador aquel y que no tuvo piedad de nadie.
A varios kilómetros de Texmelucan, era visible una nube oscura, como si un volcán hubiera despertado enfurecido. Las llamas, alcanzaron de 15 a 20 metros de altura.
En la periferia había un batallón de militares, de policías federales, de rescatistas, de ambulancias, de patrullas, de periodistas, de voluntarios que iban de un lado a otro, de bomberos de Puebla y Tlaxcala, luchando contra las voraces llamas, pero sobre todo de familiares devastados que buscaban a sus muertos entre los escombros.
Y el retrato del río Atoyac, era tenebroso, era nebuloso, decenas de árboles se reducían a simples cenizas, y en su caudal había rasgos de ese líquido mortal, cuyo olor asfixiaba, que había cambiado el sueño por sufrimiento.
Entre las escasas ramas, aparecía un solitario pájaro silvestre color rojo, que había perdido su propia brújula, su propio hábitat. Pero nunca dejó de cantarle al día en medio de la desventura.
A las siete de la mañana en las redes sociales como facebook y twitter circulaban fotos y videos de este lamentable hecho que conmocionó a la sociedad en general, originado -según la autoridad federal- por la “ordeña” clandestina de ductos de Pemex.
La guerra de información era avasalladora, las cifras eran diversas, el recuento de los daños era impreciso, mientras que los vecinos, los damnificados se quejaban que la ayuda del gobierno municipal y estatal había sido tardía. Y cómo no si sólo había cuatro bomberos en la estación, para sosegar aquellas feroces llamaradas.
¿Y los cráneos?
Frente a un motel, donde quedó varado y calcinado un automóvil marca Toyota, donde el tripulante y su acompañante ya no pudieron huir, elementos de la policía municipal y del Ejército permanecían vigilantes, dado a que trabajadores del Servicio Médico Forense (SEMEFO), realizaban los peritajes correspondientes en el interior del mismo.
Se dice que habían quedado atrapados algunos clientes. De acuerdo con la versión de Armando Espinoza, un policía municipal hubo varias personas quienes tuvieron que trepar a la azotea para descender con sábanas y toallas que amarraron para evitar los dedos huesudos de la muerte conspiraran.
Dijo a este reportero que una señora devastada por la tragedia le había preguntado -cinco minutos antes de nuestra conversación- por dos cráneos de sus familiares que no halló en su casa sepultada entre los cascajos. La pregunta, nunca encontró una respuesta.
Y la misma mujer de unos 35 años envuelta en llanto deambulaba en ese tapete oscuro de pegajoso de combustóleo, entre ese mosaico verdoso olivo y rojo de uniformes militares y de paramédicos de la Cruz Roja. En su mirada había la sombra de su calvario.
Mientras que el mismo policía comentó a este periodista: “mire usted, un compañero de nosotros Andrés N. sufrió una desgracia… hoy salió de su guardia, de repente escuchó por el radio de frecuencia que por su casa había un incendio, se apresuró pero cuando llegó al lugar encontró su hogar en llamas y a su familia muerta (…)”.
Un mar de historias
Pero tampoco podían faltar las historias fantasiosas de aquellos reporteros irresponsables que daban cuenta de información como aquella que decía que San Martín Texmelucan, estaba destruido, que había miles de damnificados y también la de aquellos habitantes que vociferaron que vieron todo y de plano no vieron nada.
Y también había aquellas historias -estas sí reales- como la de Andrés Hernández, socorrista de la Cruz Roja que tomaba imágenes con su teléfono móvil de lo que había quedado de la casa de su abuelo. “No es lo mismo atender un servicio a la sociedad, que llegar y ver la casa de tus familiares ardiendo en llamas”, indicó a este cronista.
El paramédico apretó los labios y recordó aquellos años en los cuales jugó en aquel jardín que dejó de ser jardín. “Mi abuelo, que falleció hace tiempo construyó con mucho esfuerzo su casa y mira no quedó nada, pero doy gracias a Dios que mi tío y su familia hayan resultado ilesos… cuando llegamos aquí, esto era un infierno”, puntualizó inconsolable.
O bien el relato de Pedro Sánchez que vivía junto al río Atoyac, que andaba buscando lo que quedaba de sus pertenencias. En ese asentamiento irregular, el joven de 30 años, contó lo que pasó en esa abrumadora noche donde quedaron a salvo sus hijos, su esposa, su caballo, pero lamantó que hayan muerto sus canarios, sus pollos, pero sobre todo “Scooby”, su perro ratonero consentido.
Pero cómo imaginar que en medio de la nada, sólo haya quedado intacto un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, incrustado en una de las paredes de lo que algún día fue su hogar.
La improvisada morgue
La tarde ya envejecía, pero el dolor no. Personal de los gobiernos federal, estatal y municipal hacían un recuento del desastre. También habían acondicionado una improvisada morgue en el auditorio deportivo de San Damián y en ese lugar todo era confusión, llanto, nostalgia, desesperación.
De los camiones del Ejército Mexicano, bajaban féretros y muchos familiares con el rostro contraído no paraban de llorarle a sus muertos, pero lo más lamentable es que el terror no podía irse de San Damián, donde ese mismo jinete del Apocalipsis, el de la muerte, se adelantó en su camino, en este negro, negrísimo amanecer.
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