Un brujo leyenda…

29 junio, 2026

Rodolfo Rodríguez “El Pana” fue un hombre que no solo escribió su historia sino su propia leyenda, un matador sabio, poético, el último torero gitano.

No solo pisó un ruedo sino hasta la cárcel, un majo con muleta que desafió al toro hasta encontrar la muerte.

Un sabiondo de los tres tercios, y un muleta vagabundo, un amante de la literatura, ese era el “Brujo de Apizaco”.

Con su astucia supo huir de las palas de los caporales en esos corrales de las ganaderías cuando pedía una oportunidad de chaval.

Y pocos ganaderos se la dieron.

Hace diez años murió, y sigue siendo ese brujo hechicero del toreo, el hombre del habano de grueso calibre.

Su andar en el ruedo era especial, pausado, simulando ser casi patizambo, con adornos navarros en su ataviar.

Un humano que cruzó esa línea muy delgada entre la razón y la locura, entre el lenguaje coloquial y rebuscado.

En el museo que lleva su mismo nombre, en la propia intimidad de lo que fue su hogar en Santa Anita Huiloac está parte de su acervo.

En sus fotografías queda plasmado que vivió como torero, tuvo fama como torero, que triunfó como torero, que lloró como torero y murió como torero.

Cumplió su propia profecía, sí que un toro le cegará la vida.

Lo que se propuso lo plasmó en arte con rojo frenesí de una muleta en esas tardes de triunfos y fracasos, de ternos y luces.

En todas ellas llevó una coleta al natural como aquellos toreros de la vieja usanza española.

Retratos que hablan

Este larguchón cronista se introdujo en ese misticismo que entrelaza lo ortodoxo, lo irreverente, lo polémico, lo político, lo panadero, lo bohemio, lo gitano, lo terco y lo torero.

Fotografías, reconocimientos, trajes de luces, muletas, orejas y rabos, amuletos se exhiben entre esas paredes.

Hasta ese rótulo donde pidió una oportunidad, la de la famosa despedida a los empresarios de la Plaza México.

Cinco veces llenó ese coloso, y en esas cinco ocasiones encendió pasiones, pero ninguna como la de 2007, con ese mágico e inolvidable trincherazo.

Como olvidar esa tremenda faena a “Rey Mago” de la ganadería de Garfias que lo llevó a su inmortalidad.

“Para que allá faenas magistrales, se necesitan toros excepcionales. Lo que era una despedida se convirtió en una resurrección”, dijo en una entrevista que concedió a Televisión Española.

El brindis de un bohemio…

Un brindis que dio vuelta al mundo del toreo fue esa misma tarde. Se lo dedicó a las prostitutas:

«Quiero brindar este toro, el último toro de mi vida de torero en esta plaza, a todas las daifas, meselinas, meretrices, prostitutas, suripantas, buñis.

A todas esas princesas del tacón dorados, a esas putas, y de pico colorado.

A todas aquellas que saciaron mi hambre y mitigaron mi sed cuando ‘El Pana’ no era nadie.

Ellas me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, base de mis soledades. Que Dios las bendiga por haber amado tanto. ¡Va por ustedes!”.

Consigo un tremendo olé del respetable, y que retumbó en el graderío de ese monstruoso colosal, la Plaza México.

El periodista taurino, Carlos Abella expresó después de escuchar ese tremendo brindis, ese voyage de palabras articuladas:

“Ni Gabriel Garcia Márquez ni Camilo José Cela hubieran sido capaces de hilvanar tan hermoso texto en castellano para atribuirlo a uno de sus seductores personajes. 

“El Brujo de Apizaco” se definía como el último torero romántico:

“Cuando ‘El Pana’ se retire de toreo será como cerrar un libro de romanticismo”, así lo exclamó más de una vez.

“Torear bien, es como un orgasmo, un deleite exquisito”, también lo expresó en esa entrevista con el conductor español Jesús Quintero.

Sincero él, ortodoxo él, poético él, políglota él, seductor él, irreverente él.

Prediciendo su destino

Siempre sostuvo que hay toros asesinos como prediciendo su final frente a “Pan Francés”, el segundo de su lote que lo entregó a la muerte.

Rodolfo contó a la prensa sus más de 20 cornadas algunas graves, y ya no pudo relatar la última la de Lerdo, Durango, la del primero de mayo de 2016.

“El Pana” decía que donde terminaba una cicatriz había otra.

El astado de la ganadería de Guanamé, lo mandó moribundo al hospital, y los minutos de su vida estaban contados.

Se entregaría días después a ese rostro tétrico y de huesos mondos, la muerte.

Hay quienes señalan que en el momento de ser traslado a un nosocomio de Guadalajara, los paramédicos de ese servicio lo dejaron caer accidentalmente.

¿Verdad o mentira?…

Su corazón se paralizó después de 32 días de suma agonía. A las 18:45 horas del primero de mayo de 2016 llegó ese infarto fulminante, y 64 años marcaban el adiós, el de la despedida.

Un antes y un después.

El mundo taurino lloró su muerte.

Fue el adiós a un matador distinto e irrepetible, transgresor de la ley y de conductas irrepetibles dentro y fuera del ruedo, un adicto al alcohol.

Superó a esa perversa enfermedad del alma que es el alcoholismo, el AA fue su salvación.

Siempre vivió por un día, y disfrutó a la vez lanzarse al ruedo de espontáneo.

Toreó al lado de Manolo Martínez, Curro Rivera, Mariano Ramos, Eloy Cavazos, Morante de la Puebla, y un puñado más de figuras del toreo.

No solo eso también lidió toros de desecho o media casta, sí cuando la fama no era tan halagadora en esos pueblos del olvido.

Decía que él no se enamoraba de las personas ni de las cosas porque tanto el fracaso como el triunfo todo es subjetivo, efímero y pasajero.

Y sí todo es pasajero , subjetivo y efímero.

Evocar a “El Pana” no solo era un asunto poético sino político. Fue capaz de protestar toreando.

Se quejó por los experimentos nucleares de la república francesa en una isla del Caribe.

“El entonces presidente de Francia, Jacques Chirac, asistió como espectador a una corrida en la México en 1995.

El matador no dejó pasar la oportunidad, saltó al ruedo y mostró un cartel que decía: “Chirac, ya párale, cabrón, con tus bombitas”.

Este acto de rebeldía le costó un duro castigo, ya que el empresario de la plaza le vetó durante mucho tiempo”, así lo publicó el diario El Mundo.

Además, se tiró más de una vez al ruedo de espontáneo siendo ya un matador de años de alternativa.

Lo dieron por acabado

Y cuando toreros, ganaderos, la propia afición y él mismo surgía de la nada ese brujo gitano e ingobernable.

Se le vio hacer el paseíllo con los vestidos más inverosímiles de la pasamanería.

Escuché espetarle a más de un periodista que no sabía articular sus cuestionamientos. “No preguntes pendejadas hermano por favor”.

Conmigo nunca fue el caso. Siempre exigente con la prensa, dócil con los amigos de la verdadera pluma taurina, ese primer espada.

Adoptó un sarape de Saltillo, en lugar de un capote de paseo.

Lo mismo llegaba en una calandria vestido de goyesco, y con pañuelo gitano en la cabeza o en una limusina.

Andariego él. Se podía extraviar en un barrio emblemático de México, que amanecer en una taberna de España, que torear en Portugal.

Siempre con su inseparable puro en la boca. Y un tumulto de espectadores lo vitoreaban. Ese era Rodolfo Rodríguez.

En más de una entrevista expresó que “El Pana”, era un emisario del pasado, que le gustaba ser leyenda, y que nació fuera de tiempo.

“Nosotros debimos haber nacido en la época dorada del toreo de los años 40’s y torear al lado de Manolete, Arruza, Armilla, Domingo Ortega”.

Y siempre que le preguntaban. ¿El brujo quisiera morir en una plaza?…

“Para cerrar ese capítulo de la vida del toreo quisiera morir como Manolete en un ruedo, y como dijo Juan Belmonte, se hará lo que se pueda”.

Y como expresó ese mismo conductor de televisión, Jesús Quintero que lo entrevistó de una forma excepcional:

“El Pana un fin de una raza, una leyenda, un hombre que ha dejado muchas frases para la historia, un torero”.

Dicen que Dios no cumple caprichos, pero sí hace excepciones, y esa muerte se la concedió a “El Pana”, a esa Ave Fénix que tantas veces resurgía entre las cenizas para dar lo mejor.

Ese era y es Rodolfo Rodríguez, un torero que no solo escribió un libreto de tardes de toros y lances espectaculares sino su propia leyenda.

Y también hay sueños que no se cumplen, ese matador loco quiso a sus 64 años de esas torear en la catedral del toreo “Las Ventas de Madrid”.

Y así fue observar cada cada recuerdo en su museo de un matador místico, que se catapultó, se encumbró cuando la vida se le estaba acabando.

Vaya que cosas del destino nació panadero, su padre lo fue, y fue Pan Francés quien lo cogió y lo sepultó.

Moribundo, casi inmóvil y arrastrando palabras pidió -según se cuenta- a los médicos que lo dejaran morir para no quedar tetrapléjico.

Ese fue el adiós del también sepulturero, panadero, político y torero, y de gestos extravagantes.

Murió el último “torero bohemio de la tauromaquia” como él se definía, pero que sigue siendo leyenda ese hombre del clavel rojo en la solapa.

En su jerga narró que puso un hálito de aire fresco para renovar a esa fiesta moribunda que tenemos en México.

Un Genio y una figura hasta la sepultura.

Siempre a contracorriente el último de los toreros gitanos, ese matador marcado por la pureza y el romanticismo. Un brujo, un duende.

El escritor madrileño José Bergamín dijo que el toreo gitano “es el que se escucha con los ojos y se ve con los oídos”. 

Ahí radica el toreo gitano, en lo que sentimos. Por eso se acepta, por eso se admira y se ama.

Porque además llega al corazón y se mete hasta lo más profundo de los tuétanos, emociona, tiene pellizco, es una clase torera que no se puede negar, quien la presencia siente ese tirón que nunca se olvida.

Ese era el brujo un diestro gitano entre el embeleso y la emoción, de peculiar repertorio, y de corazón ardiente.

Sí, de corazón ardiente.

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