19 septiembre, 2025
La explosión de la pipa de gas en el puente de La Concordia de Iztapalapa, no solo enlutó a una capital agobiada por el recuerdo de los sismos de 1985 y 2017 sino que la hizo más solidaria.
Aquí, en la zona cero aún supura el dolor y una inmensurable tristeza. El cuadro es devastador, mientras que la lista de personas fallecidas crece.
En el recuerdo quedarán los gritos, una inmensa nube blanca como si la muerte advirtió de su macabra y espeluznante llegada.
Y esa bola de fuego, la del terror, la de la desgracia, la del sufrimiento que cambió el curso de la vida en un diez de septiembre que jamás se olvidará.
Luego, vino el ruido de esas sirenas que siempre aturden, que rompen la calma, pero que en sí llevan vientos esperanza. Sí cargadas de fe.
Caminar sobre esa área sacude en serio la conciencia. Conmueve a corazones refugiados en el sentimentalismo.
Los árboles cenizos al igual que el pasto dejaron de ser verdosos, en medio de decenas de columnas de concreto de ese impresionante y complicado distribuidor vial de la Ciudad de México.
En la memoria de un pueblo quedarán esas imágenes, de ese registro videográfico de quienes prefirieron grabar, y subir a redes sociales antes que ayudar a una víctima del fuego.
De esos momentos cruentos como si fueran escenas de ciencia ficción, de ese tatuaje de la angustia, de esa piel consumida por las voraces llamas.
Al fin de cuentas es un registro que palpa el grado de la tragedia frente a la información a cuenta gotas y hasta maquillada de una autoridad.
Ahí, poco se puede hablar porque surge esa congoja, pero estallan las dudas sobre lo que ocurrió con la pipa de la transportadora Silza, y con su chofer.
Afortunadamente, todas las casas, comercios, industrias y esas mismas estructuras de concreto están de pie.
Ese dragón de mil cabezas lanzó fuego muy cabrón, y esa misma bola resultó mortal a 50 metros a la redonda.
Justo aquí el corazón se entrecoge, la garganta se contrae, las manos sudan, y llorar es inevitable.
Un testigo privilegiado
Como periodista siempre creeré que redactar una crónica en primera persona lo hace más difícil.
Sin embargo, ser un testigo privilegiado lo hace doblemente complicado por el alto compromiso con el uso correcto de las palabras. Somos memoria colectiva.
En una liosa área de Iztapalapa llegué a la zona cero, después de cuatro días de la tragedia. Ahí, el olor a gas y a lo calcinado perduran.
Sobre el suelo hay restos de ropa quemada, pedazos de fundas de teléfonos celulares consumidas por el fuego, y una soledad sepulcral en esa curva de la muerte, la del estallido.
En dos de los cinco improvisados altares hay una imagen de la Virgen de Guadalupe, y en el otro una de Jesucristo mirando al cielo.
Las oraciones
En el primer adoratorio, el más grande yacen más de cien veladoras, quince cigarros, una bolsa de bombones, cinco gelatinas, un tapiz de ramos de flores,
Además, de dos fotografías junto a la morena del Tepeyac, la de Irving Uriel y la de Eduardo Noé, víctimas de la explosión de esa pipa que transportaba más 49 mil 500 litros de Gas L.P.
En esa ofrenda ondea una pequeña bandera de México, esos tres colores que siempre nos enseñan a no rendirnos como nación en medio de una tragedia, con esa águila imponente devorando una serpiente.
Las resilencias marcan la pauta de cada día que pasa, y aquellos familiares que llegan a esa misma zona, para recordar a sus muertos.
Dejan agua bendita e infinidad de lágrimas perpetuas, bálsamo y remedio para aliviar el alma.
En la segunda ofrenda yace la imagen de Jesucristo con una corona de espinas en su frente, una emotiva imagen en medio del agobio y la desolación.
Aparecen veladoras apiladas que ya se apagaron, pero cuya fe sigue sólida como el acero esperando que sus finados ingresen al cielo y que los heridos reciban un milagro celestial.
Sobre esa misma tierra ceniza que se reciclará con su divinidad hay una cartulina con un emotivo mensaje:
“En memoria también de aquellos cuyos nombres e historias no conocemos que ya encuentran la luz”.
Vivos y muertos
Son 84 víctimas registradas oficialmente las que dejó esa explosión -25 muertos, 21 hospitalizados y 38 dados de alta-.
El mural de los decesos marca una historia de un verdadero sufrimiento como la de los sobrevivientes que necesitarán ayuda de por vida.
El dolor se agolpa, y la realidad será más cruda, cruelísima conforme pasen los días.
Armando Antillán, Ana Daniela Barragán, Juan Carlos Bonilla, Misael Cano, Irving Carrillo, Carlos Iván Contreras, Óscar Cortés, Eduardo Noé García, José Hernández, Juan Hernández, Jorge Islas,
Alicia Matías, Juan Sánchez, Gilberto Aarón, Jesús Tovar, Edgar Santiago, Omar Garcia, Oswaldo Gutiérrez, Fernando Soto, Eduardo Romero, Norma Chávez y Abril Castañeda son parte de esa cifra de víctimas mortales.
Las y los salvadores…
Lo cierto, es que en ese sitio de la capital del país dejó heroínas y héroes.
Como Alicia Matías la abuelita que en medio de esa escala brutal del fuego nunca soltó a su adorable nieta como un acto de amor.
Aquí donde corrió con su consanguínea sin decir una palabra, donde su fe sigue siendo inquebrantable está sembrado su recuerdo. Ya es un símbolo de valentía.
El movimiento callejero “Made X La Calle“, compuesto por artistas como Snoke y Yonerone, salieron a los bajopuentes de La Concordia, sobre Calzada Ignacio Zaragoza.
Esto para dibujar a una virgen de Guadalupe sobre Alicia Matías, quien falleció el pasado 12 de septiembre. Ya hasta una canción de Rap tiene.
Seguramente, Alicia estará en el reino de Dios, para ser bendita entre todas las mujeres junto a la Virgen María, por su noble de sacrificio.
Y en su camino encontró a Sergio Ángel Soriano Buendía, ese policía que dejó de serlo para convertirse en un súper héroe y llevar entre sus brazos a Jazlyn Azulet Carrillo Matías, de apenas dos años hasta la entrada de un hospital.
Un ángel de Dios, tenías que ser, así como tu propio nombre.
Un mar de relatos
Otra historia fue la de Juan Carlos Bonilla, hombre quien relató ese infierno su propio infierno.
Su rostro quedará grabado, mientras tenía junto a su hijo también víctima del accidente en espera de auxilio.
Su imagen se hizo viral con quemaduras en 90 por ciento de su cuerpo visibles en su pecho, abdomen, cabeza, espalda y brazos.
Sin camisa, con la piel roja y despegada, piel atada a la ropa a la vez, pero todavía consciente, alcanzó a relatar lo que vivió en su dramático sufrimiento:
“Hay gente que se quedó adentro de sus carros, se los juro… los niños gritaban bien feo”. Fueron sus últimas palabras.
Él ya está en el cielo, y su hijo en el Hospital Rubén Leñero, en plena recuperación. Hoy y mañana será distinto, ya sin su padre.
En la zona cero hay una cruz de madera, atada a un árbol, y abajo otra cartulina que dice:
“En memoria de aquellos cuyos nombres no conocemos que encuentren la luz y el descanso eterno”.
Aleluya para todas y todos ellos.
Un laurel…
En ese lugar donde hay una ofrenda floral en forma circular rogando al cielo que dos de las 84 víctimas encuentren a sus familiares.
Notas informativas evidencian que un par de personas no han sido identificadas; una ya murió y otra está en estado grave.
Como Geovana, de 21 años de edad quien hasta el momento de su fallecimiento no había sido plenamente identificada.
La joven se mantenía en el Hospital de Traumatología “Victoriano de la Fuente Narváez”, donde fue ingresada en estado muy crítico, luego de la explosión de la pipa de la empresa Silza, según el diario Excélsior.
Como posibles señas de identidad la joven presentaba una cicatriz vertical por cesárea y varios tatuajes, entre ellos la palabra “Laurel”, un corazón atravesado por una rosa en tinta negra en la espalda baja.
Y una pulsera tipo greca con una escritura manuscrita en el antebrazo derecho, y una pulsera de corazones en el tobillo izquierdo.
Aarón Gilberto o Gilberto Aarón, de 1.64 centímetros de estatura, entre 40 y 50 años nadie lo ha identificado.
No cabe duda que en medio del infortunio hay que tener suerte, y es mi deseo que ese mismo laurel se multiplique en una corona como símbolo de paz en el reino de Dios.
Y como Jennifer, un testimonio real con quien charlé en el puente de La Concordia. Me expresó su inmenso dolor porque sigue buscando a su amigo José Javier.
Ella de apenas 14 años y su compañero de secundaria de 15 jamás pensó que perdería a su gran cuate quien le confesó que se iría de pinta.
Y que tras el estallido jamás lo volvió a ver, nada sabe de él. “Me dijo que estaría por ese punto, luego de salir de la secundaria técnica 25, situada a unos 200 metros de donde fue el accidente.
Antes de despedirse ella soltó a bocajarro con lágrimas en los ojos “se siente horrible estar aquí”.
Y se fue perdiendo entre la inmensidad de esa enorme ciudad enlutada, por esa conmensurable tragedia.
Esta es la zona cero, un lugar donde Jennifer halló un remedo de tela.
Ella de pie mirando para todos lados, es una creyente que ese pedazo de tela es de José Javier, su amigo de la infancia a quien sigue buscando entre los vivos y los muertos.
Una historia sin punto final, y sobre todo con un mar de dudas.