Crónica: Haber nacido en Huamantla

31 agosto, 2025

Haber nacido en Huamantla, en ese lugar de raíces culturales, en ese pueblo bonito de mil expresiones artísticas me hace sentir orgulloso y regresar los ojos al origen, sin dar un paso atrás, me hace doblemente feliz. 

Provengo de una familia tenaz cuyo estancia data de en ese lugar de más de cien años, con arraigo charro, campirano, comerciante y que esta tierra nos cobijó con súbito amorío. 

Vinieron a mi reminiscencias de esa infancia, esos recuerdos que saqué de ese baúl de cuatro cavidades que es mi corazón, sí ese lugar donde se anidan mis mejores añoranzas. 

En sus calles coloniales caminé desde mi infancia, desde el hogar de mis padres siempre veía ese bello amanecer, en esa divina silueta que solo regala el volcán Pico de Orizaba.  

Antes de irme a la escuela en un ventanal hacia dibujos sobre un vidrio empañado, en ese cristal donde trazaba sueños y anhelos. Caritas felices.

Y del otro lado mi amada Malinche, esa verdosa montaña, con su bello rostro donde el sol se internaba cada tarde, para abrirle paso a ese divino manto de estrellas.

A veces sobre su rocosa cúspide la cubrían nubes danzarinas, a veces con ese terciopelo blanquísimo de su nieve que hacían crujir hasta mis huesos. 

En ese valle caminé, corrí, disfruté mi vida, de mis raíces, de mis deportes preferidos, de amigos entrañables, de su comida, de sus costumbres, de su arraigo histórico, de mi infancia y adolescencia hasta los días de pinta. 

Supe que era jugar yoyo, balero, canicas, matatena hasta probar esas deliciosas trompadas, macarrones ., cocadas y palanquetas de la tienda de don Toño.

Siempre me generaba nostalgia ver como las hojas de cuatro árboles de la vieja casona de mi abuelo paterno se desprendían en cada otoño, mientras jugaba con mis carritos.

Cómo no recordar esas campanadas del medio día, y de cada 30 de julio anunciando la tradicional feria de Huamantla. El mejor de los conciertos. 

La emoción de festejarle en agosto a la Virgen de La Caridad, era toda una celebración, como en diciembre al Señor del Convento, lo es y seguirá siendo.

Las hojarascas podrán llevarse el tiempo, pero nunca tus recuerdos.  

Crecí entre el trote de los caballos de mi inolvidable abuelo materno, del concierto de decenas de canarios, y de ese delicioso aroma del chocolate de agua de mi amada abuela.

De esas interminables travesuras de un infante con mis tíos y hermanos en ese barrio de La Calavera. Varias terminaban en trompadas contra el rivales.

Ah y del tempranero kikiriki de esos gallos y gallinas de pelea en el patio de esa casa de los abuelos, con viejos paredones que la caracterizaban.

La sensación de emoción de estar en mi pueblo, en su feria nunca termina esos días de agosto, que ya se fueron.

Son historias colectivas de ese México profundo, es esa máscara del misticismo urbano, esa identidad sin par.

Estoy seguro que Dios contempla desde el cielo ese arte efímero, ese mosaico multicolor que labran mujeres y hombres sobre la tierra, y que rinde tributo a la religiosidad y a lo divino.

Ese día llamado la “Noche que Nadie Duerme” no solo es mágico, me nace describirlo como una fiesta de mil colores, es un rinconcito veraniego para la seducción de cada mirada. 

En su feria nadie me podrá presumir que es correr asustado adelante de un toro de lidia en su tradicional Huamantlada, con sus 70 años.

Nadie de podrá decir que era desafiar esa adrenalina arriba de un viejo automóvil Ford modelo 1956, en su tradicional ”Carrera de Carcachas”.

Nadie me podrá decir que era descender en bicicleta -a toda velocidad desde esa montaña en plena carrera con más de 50 compas corriendo- hasta el kiosko del pueblito. 

La emoción terminó hasta que nos rompimos la madre más de tres en un solo día. ¡Vaya drama!..

En esas líneas tan delgadas y emocionantes de la vida siempre se anidará un pasado.

Nadie me podrá decir que fue disfrutar de una matiné, de una tarde de títeres; con ese aroma delicioso de palomitas.

Fue genial observar a esos personajes de madera, trapo, y ficción ahora célebres habitantes del Museo Nacional del Títere que se sitúa en el centro de Huamantla.

Y como dice la canción de Macondo Óscar Chávez: “Me imagino y vuelvo a vivir”.

Hoy que estoy lejos de ti, siento esa nostalgia, y honrar tu nombre, tu memoria, esa historia sin igual que siempre será motivo de honor.

Empero, más motivo de orgullo dejar en la memoria cuánto amor siento por ti mi querida Huamantla, y cuyo relato nace a partir de que me senté en ese viejo paredón de la Hacienda Soltepec; esa joya centenaria de mi amada ciudad.

¿Díganme sino nací en un bello pueblo?…

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