EL OTRO VIACRUCIS

06 abril, 2012

 “Los candidatos al infierno”…

 Por JAVIER CONDE/ CRÓNICA

Aquí todo es soez: el lenguaje, la rutina, las grisáceas paredes, los rostros de furia, el arrepentimiento, la locura que ronda, el futuro que depende de una interrogación dramática, el encierro y hasta la vida misma. Aquí todos son candidatos al infierno.

En el reclusorio de Tlaxcala priva al menos un rasgo de humanidad entre aquellos que purgan una condena; entre aquellos que se dicen presuntos inocentes y que claman su libertad; entre aquellos que aseguran creer en Dios y que llevan en sus entrañas la sombra del pecado.

En esta jaula de frías paredes, donde cada reja y portón de acero que se abre y se cierra continuamente taladran el cerebro parece que el tiempo ha frenado su marcha. Aquí golpean las dudas, aquí golpean los temores.

Y aquellos que han participado en la representación del Viacrucis en este Jueves Santo, aquellos sesenta actores, aquellos que delinquieron quieren ingresar al mundo de los arrepentidos. Buscan fugarse de sus pecados.

En el telón había secuestradores, violadores, defraudadores, ladrones, asesinos, de todo.

En la cárcel donde habitan más de 350 internos, hay un mar de historias, todas distintas, todas llenas de dramatismo. Unas de horror, otras de misterio.

Los que han asesinado no desean más recodar la escena del crimen. Los que han robado dicen descarados que lo volverían a hacer. Los que han secuestrado llevan la máscara del arrepentimiento.

Las cámaras de video, los custodios, las miradas de trueno, la soledad, la visita familiar, el arrepentimiento, los cuadros con imágenes religiosas son parte de ese de ese retrato, de ese aislamiento.

Aquellos que habitan entre esos muros negruzcos que cancelan el exterior, les pesa el encierro, se mueven de un lado a otro, fuman cigarros como chacuacos. Vaya que tienen la respiración agitada. Hablan sin cesar. Planean su fuga espiritual. Cada uno carga su cruz.

Y si la cárcel es una sucursal del infierno, todavía hay quienes creen en el eterno, en su religión, en su dogma y los manifiestan de diferentes maneras.

Unos tienen tatuajes de Jesucristo, de la Virgen de Guadalupe, de la Santa Muerte, de demonios incrustados en sus brazos, en sus espaldas, en sus dedos, en sus pectorales.

Para unos reclusos su caso, es caso juzgado y para otros, su expediente está abierto, pero lo principal es que todos habitan en esas frías paredes donde vagamente pueden ver al exterior, donde la emancipación no existe.

La otra línea…

Un decano del periodismo en México, Julio Scherer García, tiene toda la razón cuando dice que el periodismo, es una lúcida mente sin reposo, creador sin obra final, que se instalada donde no todos son convocados. Cronista por excelencia, narrador sin par.

El mismo escritor arguye que el periodismo se parece poco a la humedad y al viento, que hace puertas de los intersticios y se filtra por inverosímiles espacios y que ha de escuchar las conversaciones tenidas por secretas.

Señala que en la sublime locura de hacer todos los días algo distinto hay peligros.

Esto hace que la prensa y el reportero, se miren el  uno al otro, se cuenten lo que han hecho. Deduce que el periodista no tiene horas vacías en  su existencia.

Y vaya que sí, es el momento de atreverse a hacer algo distinto. El reloj marcaba 11:55 horas y se registraba el ingreso de reporteros que cubrirían la representación del Viacrucis, ya una tradición en el Cereso capitalino.

Se abrían siete puertas y cuatro rejas antes de ingresar al patio central donde los personajes principales como Jesús  y sus apóstoles predicaban el evangelio. Los ahí presentes siempre expectantes en la obra teatral.

La escena bíblica seguía su desarrollo y  quien redacta esta crónica comenzaba a caminar entre los reclusos y su descendencia. Llegaba hasta otra área del penal.

El mural de las expresiones…

De frente se encontraba con una vieja ventana color blanco con escasos vidrios, atrás de ella una clara manifestación de expresiones.

Los ojos quebrantados, acuosos, fijos de unos diez internos no dejaban de contemplar esa cruz de madera.

Todos permanecían callados, mudos, taciturnos frente a ese retrato donde los azotes, la mortificación, el agobio, las lágrimas, la corona de espinas, la penitencia, los rayos del sol avasalladores marcaron el ritual de aquella tarde.

Y adentro de un cuarto ceniciento sólo se escuchaban carcajadas de lo que preferían vivir de otro modo el Jueves Santo. A todos ellos, se les permitía la salida hacia una miscelánea del patio central.

De ahí, salían gritos burdos como el “Tony” que exclamaba, una y otra vez: “Yo soy bien machín”… Lo secundaban risas cómplices. Y este mismo periodista busca conversar con alguno de ellos y lo conseguía.

Las amargas confesiones…

Anonadada la monotonía, en esa jaula que no deja ver más allá del horizonte, donde las culpas saltan como sapos, Juan N. purga una condena de 25 años por haber matado. En medio del purgatorio, se declara, confeso.

Ese hombre de mirada de trueno, confiesa -en ese espacio asfixiante- que nuevamente jalaría el gatillo por defender su honor.

En todo momento, se niega a hablar con este reportero del motivo por el cual mató a su rival. No desea recodar la escena del crimen. Sólo deduce que era la vida de su víctima o la de él.

Afirma que su caso, es un caso juzgado y que en la sentencia está el grado de culpabilidad. Y en sus entrañas carga esa cruz como símbolo del pecado. La vigilancia era perruna.

El hombre bajo de estatura, de vientre abultado, con tatuajes en ambos brazos señala que siempre carga el terror del sufrimiento y más cuando golpean las dudas, de aquel pasado y de su dudoso presente.

La plática se desarrolla en el área de dormitorios, cerca de esa escalera que conduce al segundo piso, donde las carcajadas de los demás internos eran abrumadoras.

Ahí, las palabras eran poco ortodoxas; ahí, rondaban los violadores, los secuestradores, los ladrones, los asesinos como Juan N.

En once años asegura que ha visto de todo. Quienes venden droga, quienes son los líderes, quienes gozan de privilegios, quienes entran, quienes se van.

Y después de todo dice que lo mejor es hacerse “wey”. “Neta brother -le dice a este periodista- yo no veo, yo no escucho nada y sigo mi camino”.

En ese caluroso día de jueves Santo, Juan N. mostró en un inicio cierta desconfianza, no dejó tomarse fotos de aquel teléfono celular que grabó el desarrollo de la entrevista.

Mientras que a unos pasos estaba un hombre moreno que prendía un cigarro y fumaba. Parecía un toro que bufaba. Su cuello inmóvil.

No dejaba de mirar hacia el patio central donde se desarrollaba la representación de la Pasión de Cristo. Ese sujeto está a acusado de robar. No una sino en varias ocasiones.

A unos pasos estaba “El Cholo” y “El Güero” ambos acusados de intento de homicidio. El chavo pelón, de camisa y pantalones demasiado aguados decía que su expediente no había sido revisado en dos meses.

Por lo que el otro jovenzuelo de piel blanca ojos azules, camiseta café, con bermuda y sandalias le respondía: “tu aguanta vara, no te desesperes yo ya llevo más tiempo así y no hay pedo tu aguanta como machín”.

Ambos terminaban por comentar las recientes reformas que se habían llevado en materia de justicia en el ámbito federal.

Y comenzaban a desmenuzar lo poco que sabían de estos ajustes a la ley y que habían escuchado a través de la radio.

Pasaron cinco minutos. Y “El Cholo” le decía a su compañero de prisión que si no tenía música que le pasará y le respondía “a huevo, tengo mi Ipod bien perrón y con rolas bien chingonas”. Ambos, caminaban y se perdían en otra área del penal.

“Cuando uno carga su cruz”…

Juan N. prosigue con la conversación. Su figura no denota temor. Es un hombre de aspecto rudo. En su relato señala que cuando mató no sintió ni siente remordimiento, pero que es un asunto que te marca para toda la vida.

Lo más fuerte es “cuando uno carga su cruz. Lo mismo ocurre con tu familia”.

Señala que aún cuando sus compañeros representan la escena del Viacrucis, no dejan de llevar en sus espaldas el grado del pecado. “Eso sí sirve como una fuga para liberarte de tus penas, sólo es eso, pero luego vuelves a la realidad”.

A pregunta expresa rememora que la primera noche que estuvo en prisión “pensé que no amanecería por tantas cosas que se dicen allá afuera y acá adentro”.

“Pero pues cada mañana salgo a correr, a hacer ejercicio, leo de vez en cuando un libro, pero aquí hay que estar siempre bien trucha por las dudas”.

– ¿Aquí existen las zonas de castigo?- se le pregunta.

– “Sí, son las mismísimas sucursales del diablo, ahí te vuelves loco”, responde.

– ¿Y cómo poder sobrevivir entre las rejas?

– “La receta más importante es que eches tu mente a volar; eso hará que no mueras en vida”.

– ¿Volverías a matar?

– “Primero mi vida, siempre hay que intentar salvar el pellejo”.

– ¿Sientes temor de los demás reclusos?

“Mira, cuando tu ingresas hay varios internos que te dicen pendejada y media, tú debes seguir tu camino y jamás voltear… aquí todavía hay camaradería no como en otros lugares del país, donde la ley la hace el más fuerte”.

Entre los dos extremos. La vida y la muerte, ese hombre pide cambiar su identidad para evitar represalias en su contra, por parte de las autoridades penitenciarias.

“Aquí, no debes hablar de más, sino eres ingresado a esa isla, donde todo está oscuro y de verdad, es como si fuera la mismísima antesala del infierno”.

“No soy secuestrador”…

Omar N. quien representó a Jesús en este año tiene una sentencia de 35 años de presión, por haber participado supuestamente en un secuestro en el Estado de México.

Niega categórico que haya participado en él. Argumenta que fue detenido en medio de una balacera en la vecina entidad.

Sostiene que fue aprehendido por policías quienes le dispararon en las piernas para confesar su participación en dicho delito donde fue detenido con otras cinco personas.

Lleva 12 años purgando una condena y dice que representar a Jesús es un acto divino que hace reflexionar acerca de lo bueno y malo que tiene la vida. En la charla que tuvo con este reportero dice ser inocente.

-¿Niegas haber participado en ese secuestro?

-“Totalmente”…

-¿Eres un chivo expiatorio?

– “Yo digo que sí, porque el supuesto secuestrado jamás me ha señalado como uno de sus captores”.

-¿No tienes mente criminal?

-“No, para nada… yo era agente de ventas y te repito a mi me detuvieron cerca de la refriega que hubo”.

-¿Qué se siente representar a Jesús?

-“Algo sublime, algo supremo”.

– El secuestro se cometió en el Estado de México ¿por qué te encuentras en Tlaxcala?…

– “Eso mismo me pregunto yo”…

Y durante las dos horas que duró la representación del Viacrucis estaba claro que en este penal uno explora los paradójicos horizontes que tiene la vida entre el bien y el mal.

Y como dice el mismo Julio Shcerer en su libro “Máxima Seguridad” que en los horizontes carcelarios se percibe el horror, la pudrición, el horror, la carencia, el abuso.

Y el periodista remata su dicho al deducir que aquí entre los barrotes de acero hay sólo dos caminos: Salir triunfante o convertirse en una estatua de sal.

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