11 agosto, 2015
* “Sé que hay secuestros, que hay zetas, que matan, que violan (…)”, dice.
* “Me vale madre güey, tírense, sino disparo”, les gritó un sujeto.
Por JAVIER CONDE/CRÓNICA
Primera de dos partes
Bajo un manto de estrellas, Roxana, la mujer nómada apareció montada en uno de los vagones de la locomotora 4527, con el rostro golpeado. En medio de la penumbra pegó un salto de aquellos briosos furgones junto con cuatro compañeros suyos.
Y la hondureña nunca imaginó que siete horas antes a su hermano, de 16 años de edad, se lo llevaran unos sujetos, en un vehículo sin placas, a punta de pistola.
En su mirada existía el rostro del espanto y sigilosamente, se movía en la orilla de ese enorme gusano de ese acero, que ansioso comenzó pite y pite en su arribo a la estación del ferrocarril de Apizaco, allá en la longeva ciudad de los rieles y los trenes.
Entre la oscuridad, la mujer nómada observó como un compañero suyo, les hizo una señal desde el portón del alberge “La Sagrada Familia” que para su buena fortuna y la de muchos migrantes ha puesto a su servicio la Diócesis de Tlaxcala.
Una vez que llegaron a ese sitio donde ronda la paz, los mojados aceptaron el reglamento interno para ingresar, mientras que unos 15 centroamericanos más concentrados en un dormitorio se alegraron de ver a nuevamente a Roxana, Elvis, Carlos e Isidro.
En la penumbra, Kenin, el líder del grupo le dijo a un colega suyo: “¿Men que le vamos a decir a la `tita’ (significado de mujer en Honduras)?”… Ambos quedaron pensativos.
El nuevo fenómeno…
Y es que minutos antes, los ilegales traían el mitote de que en la mañana, de ese día, a dos compañeros suyos los había detenido la Policía Federal. Uno sobre la vía y al segundo frente a la iglesia Cristo Rey. Este es el nuevo fenómeno policiaco que está a la vista de todos los que viven en la Colonia Ferrocarrilera.
De acuerdo con información de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) en 2013, se registraron cuatro operativos de la Policía Federal, en los cuales a punta de pistola o armas de grueso calibre, los elementos llegaron y aseguraron a migrantes.
Detalla que lo peor del caso es que los efectivos aparecen en automóviles no rotulados, sin placas, con vidrios polarizados y se los llevan; “hemos tenido que certificar que efectivamente sea la PF quien los suba y hemos hecho nuestro manifiesto de rechazo al Instituto Nacional de Migración”.
Y es que en aquel operativo policiaco del viernes pasado -le dijeron los centroamericanos a este periodista- se habían llevado a Wilbert Eduardo, el hermano de Roxana y que no habían podido hacer nada para rescatarlo.
Dicha versión fue corroborada por el personal del propio albergue y vecinos de la Colonia Ferrocarrilera quienes observaron como elementos de la PF, capturaron a dos centroamericanos, mientras que el resto de los migrantes se esparció como conejillos entre las calles y callejones del sitio.
Y una vez que el diminuto grupo de migrantes se aseó los pies, un requisito indispensable para poder ingresar al dormitorio, Kenin se levantó de aquella colchoneta y tomó su par de viejos y desgastados mocasines.
El salvadoreño salió al patio y se dirigió con la joven hondureña de 21 años de edad, y a bocajarro le soltó: “Roxana, la migra se llevó a tu hermano y no sabemos nada de él”.
Y la joven trigueña no pudo evitar el llanto. Los músculos de su rostro se contrajeron. “Men -le dijo a Kenin- este día fue un día negro para mí, vengo toda golpeada y mira con lo que me encuentro, yo era responsable de mi hermano, mis padres me lo habían encargado”.
Según, los hechos, la madrugada del 28 de enero, durante la madrugada, los 20 ilegales intentaron zarpar en un tren cuya corrida saldría a las cuatro de la mañana con rumbo a Apizaco, Tlaxcala.
En medio del alba, los centroamericanos montaron en una locomotora que comenzó a rápidamente a acelerar su marcha, cuando repentinamente unos garroteros o integrantes de seguridad de Ferrocarriles del Sur (Ferro Sur), les gritaron que descendieran de los vagones.
La mayoría de los chavales entre 14 y 25 años de edad, ignoraron la advertencia. Tras escuchar un impacto de bala, Roxana y Elvi, se aventaron al vacío. La mujer recibía un fuerte golpe en la nariz, en la boca y en otras partes de su frágil cuerpo.
Fuentes consultadas por este semanario revelaron que la PF lleva a cabo este tipo de operativos en la zona de la Colfer, porque los narcos utilizan de “mulas” a los indocumentados, es decir, para llevar droga en sus mochilas desde Chiapas hasta la frontera norte de México.
La evocación de aquel viernes negro
Esa noche el alma de la mujer migrante jamás perdió la fe. A las ocho y media de la noche, el ligero viento pareció más frío y trajo consigo los recuerdos, el repaso de la separación consanguínea allá en Orizaba, Veracruz.
A pesar del frío, de la congoja, del infortunio, de lo negro de la noche, de ese viernes funesto, Roxana, la tita hondureña, buscó un rincón en ese albergue en cuyo interior a pesar de los pesares la buena vibra, en la Casa de Dios, se apiadaba de cada uno de ellos.
El origen…
Sin más, Arthur, un salvadoreño adulto se acercó a este reportero y balbuceó: “caballero, a esa mujer (la única mujer entre los 25 ilegales que ahí pernoctaron), está llorando, viene toda golpeada, es que allá en Orizaba la detuvo la policía”.
En aquel patio del albergue, sin protocolos, comenzó la charla, más que una entrevista con Roxana, cuyos pies los tenía amoratados de tanto frío, la nariz poco hinchada, los labios con tintes de sangre y con una artera fatiga.
-¿Roxana cuéntame qué pasó?…
-“Veníamos en el tren, pero luego, luego nos aventamos Elvin y yo, porque de repente un señor uniformado, no sé si era policía nos dijo que nos bajáramos y mi amigo le dijo que no porque yo era morra y que era peligroso”.
-¿Y qué dijo ese fulano?
– “Me vale madre güey, tírense, sino disparo”.
Cuenta que se aventaron de un vagón, que cayó desmayada y cuando despertó estaba junto al solidario Elvin, por lo que el resto de los nómadas, entre ellos su hermano, que nunca vio que había caído del tren iban ya muchos kilómetros adelante.
-¿Por qué dejar tu tierra, tu familia? ¿Es difícil tomar la mochila y emprender la aventura?
– “Por la situación económica, no hay trabajo y yo quiero un mejor porvenir para mis padres, para mi hermano y para mí… si es difícil, pero hay que correr el riesgo”.
– ¿Pese a todo vas a seguir tu camino?
– “Sí, siempre para adelante confío que a mi hermano lo deporte la migra, pero mi viaje no tiene regreso, tengo fe en Dios de que voy a llegar a Texas, peso sabe estoy muy triste”.
-¿Estás consciente de todos los riesgos?
-“Sé perfectamente de todos”, contestó.
“Sé que hay secuestros, que hay Zetas, que matan, que violan, que roban, que hay abusos de los policías, que la vía tiene dificultades, todo eso veo en la tele, pero también sé que hay gente buena en este país”, señala.
“Este camino es muy riesgoso, pero teniendo fe en Dios, todo saldrá bien, véame estoy viva, estoy en este albergue tranquila, tengo buenos camaradas, ellos me cuidan, pero uno está decidido a todo en el camino, sólo le pido a mi ángel de la guarda que no me desampare”.
– ¿Un día negro?
– “Un día negro, sin duda”, expresa.
Ahí, se dio por terminada la conversación entre la mujer nómada y este reportero, en esa noche el Nodo de Derechos Humanos de Puebla, llegó a ese albergue a entregar cobijas y ropa para los migrantes.
Y conforme avanzó la noche, los 25 indocumentados cenaron frijoles, sopa de codito y tomaron agua que el personal del albergue sirvió de buena voluntad, mientras que el perro migrante, se ganaba el cariño de aquellos gigantes que su fortaleza, su fragilidad, su vida siempre pende de un hilo.
Una hora más tarde, Roxana, la nómada se lavó los pies, recibió un nuevo pantalón, tomó una pastilla para el dolor, reposo sobre aquella colchoneta color vino que yacía sobre el suelo en el dormitorio para mujeres y de pronto se durmió y la comenzó a arrullar la noche, sí bajo ese manto de estrellas.
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El diario de un indocumentado
*Saben que pueden ser presas de “Los Zetas”, de la blasfemia, de los asaltos, de los golpes, de los secuestros.
* “Aquí es un rinconcito cerca del cielo”, dice Isidro.
Por JAVIER CONDE
Segunda y última parte
Cuando la muerte ronda siempre está latente el riesgo para los migrantes que ahora muchos han decidido tomar otra ruta que los lleve al norte del país, pero quienes todavía son peregrinos de esta vía y llegan al albergue La Sagrada Familia, dicen que es, sin duda, un “rinconcito cerca del cielo”.
El día que este reportero estuvo en ese lugar, clavado junto a la vía del tren fue un testigo privilegiado de cómo es el diario de un indocumentado, principalmente, cuando cayó la noche, cuando fueron abrigados por la constelación, cuando el viento bailó con el silencio.
Bajo aquellas paredes que colindan con la iglesia del Cristo Rey, muy cerca de sempiterna estación del ferrocarril, se transpira una profunda paz. La otra cara, en medio de esa trepidante huida de la miseria.
Decía el periodista y escritor colombiano, Manuel Mejía Vallejo que hay quienes abandonan la vida como abandonar una casa. “Recorrer la calle, encoger los ojos, respirar abruptamente, tapar un recuerdo, acostumbrarse a la huida, siempre es escoger la otra manera de morir”.
Lo cierto, es que en este lugar que lleva unos tres meses operando, las reglas son muy claras para el migrante. Está prohibido: el ingreso de drogas, de alcohol, de armas de fuego o punzocortantes y alterar el orden.
Aquí sólo debe prevalecer siempre la voluntad de Dios, como lo expresa un cuadro incrustado en la pared de la humilde cocina, en el cual Jesucristo, está mirando al reino de los cielos, elevando sus plegarias.
Aquí podrán prevalecer muchas necesidades, pero lo básico hay: agua para bañarse, alimentación, ropa usada pero finalmente limpia y cómoda, una colchoneta bien aseada, pero lo más importante son aquellas manos que brindan, sin nada a cambio, la paz interna, aunque sea por una sola noche.
El confesionario…
En el dormitorio donde sólo pernoctan los varones abundan un mar de historias, unas llenas de lamento, otras de nostalgia, de comicidad, de dureza, de desafío, de resistencia, de miedo, de intriga, de misterio y del terror mismo.
Los rostros de los peregrinos son diversos: regordetes, pálidos, llenos de vida, delgados, desangelados, atufados, sonrientes, parcos. Pero aquí podrá abundar la monotonía, pero siempre el pensamiento obsesivo está puesto sobre el muro, sobre el Río Bravo, sobre el desierto de Arizona, sobre USA.
Y aquí donde descansan por unas cuantas horas los cuerpos de los ilegales, después de luchar contra sus propios demonios, en esa lucha de gigantes sólo quedan tres de cuatro menores de edad, desafiando su inocencia.
En ese grupo donde viene Roxana, la mujer nómada está José de 14, Carlos de 15 y Chepe de 16 años, respectivamente. Wilbert Eduardo, el hermano de la hondureña, se lo ha llevado la Policía Federal y de él nada se sabe.
Y aunque los menores hondureños se sienten aventureros, fuertes, reyes del camino, briosos, adultos, no dejan de ser adolescentes, el cambio de voz, es lo que los delata. La realidad se ve, se toca, tiene cuerpo.
Pero atrás había quedado aquel sobresalto de Orizaba, aquellas dos detonaciones de una furiosa pistola que provocó que Roxana, se cayera de un vagón, y se pegara en pleno rostro.
Era una clara advertencia para el grupo de 20 ilegales de que la muerte se cuela por todos lados.
La casa llena..
En el albergue La Sagrada Familia, la casa estaba llena, habían llegado cinco migrantes más.
En la cocina se calentaba la cena para los 25 nicaragüenses, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, mientras “Oso”, el perro migrante de color castaño, meneaba su cola a todo aquel ilegal que entraba por la puerta principal.
Y cada vez que vez que escucha la llegada de una locomotora, el perro ladraba. Los del albergue dicen que lo dejaron aquí, una pareja de hondureños y ahora es quien se encarga de rastrear indocumentados y traerlos hasta este lugar fundado por el padre Ramiro Zárate Tonix.
A las 20:30 horas, uno que otro grillo comenzaba a cantarle a la oscuridad, y también otro “grillo” centroamericano también exigía su cena.
Elmer, aquel chavalo bribón, chapeado, con el abdomen abultado desde que llegó demandaba tenis, mochila, pantalón, teléfono para hacer una llamada a sus familiares, una buena ración de comida y le quedaba claro, posteriormente, que en ese albergue no se podía lucrar con la pobreza.
Aquí los encargados del albergue ponían claras las reglas: siempre ser honesto, siempre pensar en los demás, siempre ser justos, siempre ser equitativos.
Esa noche apenas un plato y medio de sopa de codito, con frijoles y rajas con huevo, se servía para cada uno. Y sí lo sabría este periodista que dejaba la libreta y la pluma, para servir la mayoría de estas raciones. En algo se debía acomedir.
Sin embargo, la comida no era suficiente para contener la hambruna de los indocumentados que contentos o no, cenaban y que posteriormente debían ir a lavar su plato y colocarlo en una tina situada a un costado de la cocina.
El cambio de ruta
El riesgo que perdura en la ruta Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Estado de México, entre otros, ha obligado a cambiar de ruta al migrante.
Es decir evitan pasar los estados del centro del país, y cruzar casi todo Veracruz, para no ser secuestrados.
La Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), señala que en los dos o tres últimos meses ha bajado notablemente el éxodo de indocumentados centroamericanos, por esta vía, debido a la alta peligrosidad que corren ahora.
Un migrante más…
Y cuando las manecillas marcaban las diez de la noche, las luces se apagaban en ese albergue al que Isidro, el nicaragüense bautizaba como “un rinconcito cerca del cielo” y por consiguiente el acceso al mismo se restringía por seguridad de los indocumentados.
Pronto muy pronto, todo quedaba en completo sigilo, y nuevamente los grillos le cantaban a la gélida noche. Cerca de las cuatro de la mañana, los primeros centroamericanos salían de ese lugar para trepar a las tolvas de ese tren y llegar a su próximo destino, el Estado de México.
Y cuando montaban nuevamente a aquella bestia de acero, sabían perfectamente que pueden ser presas de “Los Zetas”, de la blasfemia, de los asaltos, de los golpes, de los secuestros, de los asesinatos, de las vejaciones, en este camino que para muchos no tiene regreso en esta pesadilla mexicana -que tienen que vivir- antes de conquistar el sueño americano.