04 junio, 2026
El miércoles 3 de junio, la Dimensión del Cuidado Integral de la Creación de la Comisión Diocesana de Pastoral Social, el Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos y Desarrollo Local A. C. y la Coordinadora por un Atoyac con Vida llevamos a cabo el XIV Congreso Diocesano por el Medio Ambiente en la Casa de Ejercicios de la Basílica de Ocotlán, Tlaxcala. En él, nos dimos cita 95 personas que acudimos de diversas parroquias y congregaciones religiosas de la Diócesis de Tlaxcala y colectivos que luchan contra la devastación socioambiental en la Cuenca del Alto Atoyac. El objetivo que nos convocó fue el de alentar la acción colectiva desde la esperanza en nuestra Diócesis de Tlaxcala y la Cuenca del Alto Atoyac para fortalecer un espacio ecuménico que integre la búsqueda por la paz y el cuidado de la Casa Común a la luz del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia.
Desde este espacio impulsamos nuestro compromiso diocesano para trabajar en la “Protección de la Casa Común, la cultura de nuestros pueblos y las riquezas naturales de nuestros territorios” (Plan Diocesano de Pastoral 2019 – 2027, Diócesis de Tlaxcala). Reafirmamos que la paz es Don de Dios y un fruto de la justicia, que solo se puede alcanzar si vivimos en paz con la creación, la cual hoy se encuentra “oprimida y devastada, gimiendo y sufriendo dolores de parto”, (cfr. Laudato Sí No. 2), trabajar en favor de ella es trabajar por la creación y todas las criaturas existentes y por nuestra vida misma ya que lo que les pase a nuestros territorios será nuestro propio destino.
En el Foro: “El cuidado de la Casa Común como camino hacia la paz”, compañeros y compañeras defensoras socioambientales de Yucatán y San Luis Potosí, compartieron sus experiencias de trabajo por el cuidado de sus territorios como construcción de la paz. En primer lugar, Wilberth Nahuat Puc, comisario ejidal de Santa María Chi, en Mérida, Yucatán explicó que en ese territorio maya existe una grave afectación socioambiental generada por el asentamiento de más de 500 granjas industriales porcícolas en 30 años. Los impactos de estas actividades destructivas han imposibilitado a las comunidades a usar el agua para beber, para la milpa e, incluso, bañarse.