Los dilemas de Joaquín Cisneros…

09 enero, 2026

Hace días Joaquín Cisneros presentó su libro de memorias “Vivir y Servir”, en el cual hace un recuento de su trayectoria política, y de otras vivencias en su quehacer como servidor público.

En la raquítica información que salió de ese evento donde asistió parte de su familia y amigos se dejó llevar por elogios hasta de gente ligada a la T-4.

Joaquín evitó recordar mucho de aquel 1998, cuando tuvo todo para ganar la gubernatura de Tlaxcala, frente a un rival, un tránsfuga del PRI que se aprovechó de todo para ganarle.

Alfonso Sánchez Anaya, el traidor recurrió a varias artimañas para propinarle un duro golpe al hijo del ex gobernador Joaquín Cisneros Molina.

En ese 1998 mi entonces compañero de trabajo Mario Alberto Mejía, y un servidor le hicimos una impecable entrevista al abanderado del PRI.

Cisneros Fernández desnudó sus emociones frente a una grabadora, en su despacho particular situado frente a la Plaza Xicohténcatl de la hermosa ciudad de Tlaxcala.

Fotos y vivencias quedaron plasmadas en páginas centrales del periódico El Universal Tlaxcala-Puebla.

Con un ego natural, nada forzado Joaquín Cisneros se definió como un hombre que lo tenía todo. Para mí casi todo.

Y sí las fotografías mostraban a un político arriba de una avioneta como piloto, a un aficionado casto a la fiesta brava, como un empresario exitoso, como un excelente papá de tres hijos.

Como político (senador, diputado federal y alcalde) en un ascenso importante, como un buen conversador de política e ideología conservadora.

Amante de los buenos vinos, catador nato del Cognac, reconocido paellero por devoción. Así se definió.

Las paredes de ese mismo despacho hablaban por él. Esos pasillos del poder de esa antigua casona fueron mudos testigos de su relato, de su historia.

Desde los recuerdos desde su niñez hasta los momentos inolvidables en una montaña gringa cubierta de nieve.

O bien de esa polémica fotografía donde aparecen muy jóvenes en Japón el propio Joaquín Cisneros, Mariano González Zarur, Javier García y Alfonso Sánchez Anaya en Japón.

Cisneros Fernández, se mostraba seguro de su triunfo, empero, esa elección estuvo marcada por la crisis de un partido, de un PRI agonizante.

La traición acompañada por la deslealtad, la doble moral, los intereses oscuros y del poder causaron mella en un equipo de campaña que simuló.

Sánchez Anaya ganó la elección de 1998, el PRI se sepultó así mismo. De nada sirvió denunciar fraude electoral.

Mucho menos cerrar carreteras o gritarle “traidor” al entonces gobernador José Antonio Álvarez Lima frente a Palacio de Gobierno.

Como lo hizo totalmente ebrio Javier García González, el entonces jefe de esa campaña fallida.

Solo un periodista y cronista puede ser relator del tiempo, describir escenarios complicados o inesperados, crudos o llenos de éxtasis.

Es una memoria colectiva que se cuela en las entrañas del poder. Y soy un fiel testigo de esa elección de 1998 cuando el PRI se derrocó, cuando las simulaciones como la de Beatriz Paredes -eso dicen los priistas- y otros provocaron la alternancia.

Hasta donde me entero Joaquín nunca habló frente a sus invitados de los yerros en que incurrió como dejar de hacer campaña por días, por depositar su confianza a traidores y sobre todo por confiar en un triunfo.

Álvarez Lima, declaró a la prensa que el triunfo de ese 1998 estaba en duda al clamar que la “moneda estaba en el aire”.

El otrora priísta hoy servil senador de la nación oculta una verdad sobre esta elección donde las encuestas simuladas -decía el tricolor- fueron determinantes para que Cisneros dejara de ser el hombre que lo tenía todo.

Sus yerros y las tradiciones en el PRI, hoy tienen a ese partido en franca agonía. Hoy parece que su destino es Morena, dejando así sus principios “revolucionarios”.

A sus 84 años entendió quiso justificarse de su propia derrota, pero hoy está dispuesto al plan para que las familias fifis sigan gobernando Tlaxcala.

Así son los políticos con tal de seguir con sus privilegios.

¡Buen día!…

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