23 agosto, 2020
Como si anunciara que está a punto de suceder un gran espectáculo, la luminosidad de un relámpago rompe por un segundo la oscuridad. La lluvia es constante y tenue. Minutos después, miles de luciérnagas iluminan los senderos e inician su ritual de apareamiento que cada verano ocurre en el bosque Piedra Canteada, en el municipio de Nanacamilpa, Tlaxcala.
Así lo destaca, Mongabay Latam, una plataforma especializada en noticias ambientales, científicas y de conservación, en un reportaje hecho sobre este nuevo espacio turístico en el estado.
Dice que minúsculos insectos —de entre cinco y 25 milímetros— vuelan entre los grandes árboles de oyamel, pino y encino que dan forma al bosque templado, su hábitat permanente gracias a la humedad y la alimentación que les ofrece durante su etapa de larvas. Cuando llegan a la edad adulta, las luciérnagas (lampyridae) iluminan el lugar.
El bosque Piedra Canteada, que ocupa una superficie de 630 hectáreas del municipio de Nanacamilpa, pertenece a 40 familias del ejido de San Felipe Hidalgo, en la zona centro de México.
Hace tres décadas, los integrantes de estas familias se organizaron e iniciaron una lucha para poder adquirir estas tierras forestales y dar forma a un proyecto que les permitiera crear sus propias fuentes de empleo. Consiguieron su objetivo: hoy tienen un proyecto integral que les permite obtener recursos económicos del aprovechamiento sustentable de los recursos naturales. La mejor muestra de su logro es la presencia de las luciérnagas que vuelan parpadeantes en su bosque.
Para las 40 familias que se lanzaron a la aventura de tener un bosque, no fue sencillo adquirir los terrenos forestales que, durante mucho tiempo, fueron aprovechados por gente que no era de la zona.
Juan José Morales Pérez, quien es uno de los integrantes de las 40 familias, cuenta que hace poco más de cuatro décadas el hijo del exgobernador de Tlaxcala, Isidro Candia, decía ser el dueño del bosque y ocupaba a dos o tres personas de la comunidad para los recorridos de vigilancia; cuando extraía madera, traía a trabajadores de otro lugar.
“Pero cuando había incendios toda la comunidad acudía; yo lo hice cuando tuve la edad. Aunque el bosque no era de nosotros, apoyamos por el cariño y el amor que le teníamos”, relata Juan José.