02 noviembre, 2018
Una crónica de Javier Conde
Los dedos huesudos de la muerte urden su trama siniestro en este lugar donde la materia se aniquila, se desvanece. Quienes laboran aquí, la muerte no representa un tabú, no hay drama, ni sustos.
En este lugar de frías paredes emergen las dudas de quiénes somos y dónde iremos. Un retrato cíclico que atestigua el principio de la vida y el final.
En un lugar como es el Servicio Médico Forense (Semefo), no es posible distinguir la línea de la vida y la muerte.
Aquí todos tienen temple de acero. Aquí conviven a cada instante con esa figura de huesos mondos y rostro tétrico que es la muerte.
En “Día de Muertos” muchos acuden a un panteón. Instalan ofrendas en fervor, por los que se han ido. Los vivos recuerdan a sus fieles difuntos. Sin embargo, pocos se atreven a descifrar lo que hay dentro de un Semefo.
En un anfiteatro, la muerte ronda con ese misticismo fúnebre que la envuelve siempre acechando, espiando, maquinando. Astuta sabe que los músculos del corazón algún día se detendrán.
Es el lugar que guarda un misterio abismal y donde un sepulcral silencio murmulla con la huesuda. Sí desde aquí nace esta crónica, en medio de un impregnante olor a formol.
Y es que contemplar la muerte, tocarla, desentrañarla, amarla o bien castigarla con indiferencia, darle la espalda a pesar de saber que está ahí, inerte pero provocadora, fría, blanca pero horrorosamente macabra. Silenciosa pero turbulenta. Sin tiempo pero eterna.
Del blanco al negro a sus tonos hemáticos o viceversa. Convocado a los vivos en torno a ella, incitando sus deseos y temores. Surtidora de preguntas sobre el sentido y confirmación del sinsentido. Y ante la muerte. ¿Qué somos? ¿Qué hacemos?… Así es como define la reconocida fotoperiodista, Claudia Hans a la muerte.
Y vaya que tiene razón. Juan David N. es un trabajador del Semefo, área adscrita a la Procuraduría General de Justicia del Estado de Tlaxcala (PGJE).
Él decide charlar con este periodista y pone como condición el anonimato. Cuenta hasta el más íntimo detalle de lo que es laborar en este lugar donde se practican las necropsias.
-¿Qué se siente convivir con cadáveres?…
-“Finalmente representa un trabajo más, pero la ciudadanía se ha formando un tabú muy arraigado sobre la muerte… al principio es difícil ver sangre, cuerpos sin vida y lo peor del caso enterarse de la situación en que cada uno terminó”.
“Para nosotros es normal ver cuerpos quemados, mutilados, atropellados, accidentados y donde en muchos de los casos son adultos y niños. Y créame que al principio es bastante difícil tocarlos, pero ya después es solamente protocolo para determinar las causas de la muerte de alguna persona”, relata.
Y efectivamente, nombrar a la muerte en el máximo extensión de la palabra, es un tabú. Octavio Paz, en su libro “El Laberinto de la Soledad”, dice que la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.
Y también expresa que la misma muerte no es el fin natural de la vida, sino una fase de un ciclo infinito.
Pero cómo los mexicanos vemos a la muerte. El premio nobel de Literatura explica que la muerte está presente en nuestras tradiciones.
La muerte nos seduce. La muerte nos venga la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones. La convierte en lo que es: huesos mondos y una mueca espantable.
Juan David N. relata lo que es trabajar en esa área donde hay una cámara de refrigeración, más de dos planchas para las autopsias y decenas de piezas de material quirúrgico: “En un principio, cuando comencé a trabajar eran noches de casi no dormir y sólo quería que no hubiera accidentes”.
Antes trabajaba en la ciudad de Apizaco, donde ocurren frecuentemente los accidentes automovilísticos y cuanto más invocaba el ausentismo de los percances parecía que los incitaba.
“No sé si eran nervios ver un cuerpo sin vida en una plancha y me daba pánico que el legista engarzará un bisturí”, exclama.
“Para quienes trabajamos ahí se vuelve algo común y finalmente vemos como queda en partes en cuerpo y se debe hacer para encontrar una razón científica del por qué murió, siempre habrá polémica sobre la parte de nuestro trabajo”, refiere.
Existen los mitos…
-¿Hay mitos y leyendas en un anfiteatro? ¿Se ven cosas paranormales?
-“Se pensaría que sí, que es un lugar tétrico, lúgubre pero realmente no. En las noches regularmente nos quedamos tres personas y a pesar de que el lugar es grande nunca se ha escuchado algo paranormal o extraordinario… a veces pienso si existe o no ese tipo de cosas”.
-¿No les da miedo?…
– “No, es algo muy normal… a veces hago levantamientos en la madrugada, posteriormente, ingresa el cuerpo a la plancha, se realiza la autopsia y luego cada quien se va a realizar su reporte y yo me quedo con el cuerpo”.
-¿Qué tiempo dura una necropsia?
– “Depende, si es un atropellado de cinco a seis horas, si es por homicidio por arma de fuego hasta diez u once horas, pues hay que analizar los orificios, las trayectorias, entre otras cosas”.
-¿Se vuelven inhumanos los que trabajan aquí?
– “Muchos pensarán que somos personas sin sentimientos, sin escrúpulos, que andamos como zombis por la vida, pero no… no siento nada por ver una persona fallecida; lo único que siento es que debo realizar mi trabajo debidamente, pero en ocasiones -confiesa- si me conmueve ver el cuerpo inerte de un menor de edad”.
Juan David N. rememora un hecho que jamás olvidará. En sus reminiscencias dice que hace unos nueve años sucedió un hecho trágico en el municipio de Huactzinco, donde en un hogar se quemó un horno donde elaboraban pan de fiesta.
“Cuando llegamos a realizar las investigaciones encontramos los cuerpos de tres menores de edad. Uno de ellos, el más grande murió protegiendo a sus hermanos, esa imagen fue desgarradora, atroz”.
La bandera de la vida…
En sus relatos, el trabajador del Semefo dibujó cada rincón de un frío anfiteatro, los que caminan ahí; el dolor que existe cuando un deudo identifica un cadáver; cuando la vida sucumbe; cuando se estremecen al encontrar sin vida a un amigo.
Señala que desgraciadamente en Tlaxcala, es alto el número de accidentes automovilísticos de jóvenes en fines de semana derivado del alcohol.
Agrega que hace unos días le tocó observar sin signos vitales a un amigo. “Ver su rostro, me impactó y es ahí cuando el dolor se vive en carne propia, quizás resulte paradójico”.
“Cuando es Día de Muertos, tratamos de encender una veladora y poner una pequeña ofrenda como parte de nuestras tradiciones, pero lo cierto es que todos los que trabajamos aquí somos católicos, tenemos un crucifijo, flores, pero el tabú sobre la muerte realmente lo viven los de afuera”.
Y es que en estas paredes que exprimen cada historia, en este lugar donde se acaba la bandera de la vida aparece siempre la reflexión.
El mismísimo Octavio Paz, el singular literato agrega: “El culto a la vida y a la muerte, es profundo y total. Ambas son inseparables”.
Remata al decir que el mexicano obstinadamente cerrado ante el mundo y sus semejantes, ¿Se abre ante la muerte?…
Así de sencillo, la adula, la festeja, la cultiva, le canta, se abraza de ella, definitivamente y para siempre, pero jamás se entrega. Nunca.
También el significado de la muerte le hizo recordar a este cronista las palabras del famoso grabador mexicano, José Guadalupe Posada, quien creó a “La Catrina”, símbolo del país ante el mundo en esta época.
El artista visual decía que “la muerte es democrática, ya que al fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera”.
Lo cierto, es que es que en esta época del año los mexicanos hacemos un festival de la vida y de la muerte, con un impresionante colorido, sin importar que la calaca -como entidad antropomórfica- dance con su hoz en mano conspirando contra todos. Sí contra todos.