Un réquiem por un amigo…

Es difícil teclear líneas dedicadas a un amigo que se fue. Se vienen a la mente recuerdos. Son momentos complicados porque llegan reminiscencias, aquellos recuerdos vagos del pasado que siempre estarán ahí presentes.

El sábado pasado amanecí con la noticia de que Juan Ramón Nava Flores, había fallecido.

Fue difícil asimilar lo ocurrido porque el miércoles pasado marcó a mi móvil para saludarme. Cómo imaginar que era la conversación de la despedida.

Fue complicado marcar a su mismo teléfono, para saber si era cierto, la duda me golpeó. Miriam su compañera de vida me confirmó lo inevitable, Juan Ramón, el amigo, el periodista había emprendido el camino a la perpetuidad.

Debo confesar que en el gremio periodístico son poco los amigos que se cosechan. Los egos son rimbombantes. Hace 26 años conocí a ese periodista crítico en el diario El Universal, en su sección Tlaxcala-Puebla, y más allá del compañerismo nació la camaradería.

En la redacción, junto con Sergio Enrique Díaz, Fabián Robles, Carlos Villanueva, Guadalupe Pérez, Iliana Cervantes, Pedro Morales, entre otros compañeros, le dimos fuerza a un proyecto de comunicación que rápido rindió sus frutos.

Somos de esa generación que jamás nos quedamos en el intento. Nos atrevimos a transformar para bien la apasionante tarea del periodismo.

En ese mismo medio de comunicación, con más de cien años de vida periodística en el país, aprendimos nuestra verdadera vocación, la de preguntar, investigar, redactar, oler y cocinar la noticia, simplemente a llevar tinta en la sangre.

A Juan Ramón, jamás le hizo falta tener un título de universitario en la rama de las Ciencias de la Comunicación para entender la vocación de periodista.

Aprendió rápidamente el oficio, y se convirtió en un referente en esta actividad, pues sus estudios en Ciencias Políticas, lo llevaron a comprender nuestro entorno social.

El destino llevó a ese mismo colectivo de periodistas sólido a tomar un rumbo distinto. La redacción del Gran Diario de México, en Tlaxcala se cerró por la terrible devaluación económica de 1995.

Juan Ramón laboró años después en el periódico Página Regional, y ocupó las corresponsalías de Televisión Azteca, Radio Fórmula y del periódico Reforma, medios que lo llevaron a encumbrarse en la vida social y política de Tlaxcala.

También trabajó para otros empresas del ramo donde decidió continuar por la ruta de la crítica, algo difícil de sostener en un mundo lleno de intereses legítimos e ilegítimos.

Después ocupó cargos públicos como ser vocero en el Congreso del Estado, y en el ayuntamiento capitalino. El periodista Juan Luis Cruz, expresó recientemente que Juan Ramón, era como el Ave Fénix.

Y vaya que hay similitud. Esa mitológica ave que se consume por acción del fuego, para luego resurgir entre las cenizas.

Bien merecido el homenaje póstumo realizado ayer en el Congreso del Estado, por los diputados locales, precisamente, en un año donde él rechazó la presea “Miguel N. Lira”.

Basta recordar que un acto de congruencia periodística, el 29 de junio de 2018, mi polémico amigo rechazó esa loable distinción que otorga anualmente el Poder Legislativo, al mérito periodístico.

Lo anterior, en solidaridad con los compañeros que cubren la fuente de este poder a quienes les fue negado el acceso.

Ante integrantes de la Comisión Permanente de la pasada Legislatura Local, dijo que no podía recibir dicha distinción más allá de lo material que pudiera significar.

Dejó claro que no se podía trastocar sus ideales y convicciones, que era ilógico que los diputados locales, reconocieran el trabajo de un periodista, y que por el otro limitaran su libertad de expresión.

Lo anterior, al referir que solicitó hablar desde la máxima tribuna del Estado y le fue negado.

“El hecho de tratar de degradar a la prensa no hace otra cosa más que matar una parte de la sociedad y no puedo permitir esto, primero están los ideales y valores, mi apoyo está con mi compañeros porque al final hemos visto ir y venir a funcionarios y nosotros seguimos acá”. Ese era Juan Ramón Nava.

Amigo de la bohemia, amigo en las buenas y malas estoy seguro algún día nos volveremos a encontrar, y no olvides que en el periodismo y como ser humano dejaste una huella imborrable en la historia de Tlaxcala.

Las mentadas de madre, las acumulamos los periodistas de cepa y rebeldes, cuando transitamos en las entrañas del poder.

Los aplausos son únicamente para los de la farándula, para los matadores en una tarde de toros. Juan Ramón, Jimena y Rodrigo, mi solidaridad.

Un réquiem por un amigo, que tuvo más vidas que un gato. Siempre se lo dije.

Javier CONDE/ Escribe

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