27 abril, 2016
La oportunidad estuvo en manos de cualquiera, y todos la dejaron escapar; el famoso debate entre los candidatos al gobierno de Tlaxcala, fue todo, menos eso: debate.Ninguno se mostró como el estadista que merece una entidad como Tlaxcala, para dirigir sus destinos.
Ninguno presentó una radiografía de la situación actual de la entidad que, pese a los exégetas, se supone boyante, desarrollada.
Ninguno de los candidatos sacó a relucir cifras que dieran cuenta de su conocimiento puntual sobre todos los temas de mayor interés para los tlaxcaltecas.
De todos los que asistieron al Teatro Xicohténcatl, ninguno fue capaz de presentar líneas de acción concretas a esas cifras que estuvieron ausentes. Predominaron dos aspectos, eso sí: educación y seguridad. Y pese a ello, abundaron soluciones paternalistas, clientelares.
Más becas, bebederos en escuelas, más desayunos, acceso a internet, nuevos espacios, comedores universitarios, cero cuotas en escuelas. Y en materia de seguridad: más capacitación, abatimiento a la corrupción, policías bien remunerados y profesionalizados.
La lista, interminable dio cuenta de un interés por seguir con la política de proporcionar mejorales para la cura de un cáncer. En fin. Los mismos discursos de siempre. Las mismas ofertas perennes. Los mismos lugares comunes.
Ninguno, con esos resultados, puede llamarse ganador. Porque, acaso lo desconozcan los candidatos y sus seguidores: un debate no es un pleito con ganador incluido.
El debate, dicen los expertos, es un instrumento de discusión formal en el que, a través del contraste de ideas, el público puede tener más elementos para tomar una decisión inteligente.
Fue, como dice Sergio Enrique Díaz, “una noche de ofrecimientos sin control, de hacer creer a los televidentes y radioescuchas que harán de la entidad un paraíso”. Aunque ninguno explicó, a ciencia cierta, cómo lograrán hacer, de un páramo, un vergel.