20 abril, 2016
En el primer cuarto del proceso electoral para elegir gobernador, o gobernadora, las campañas políticas siguen sin “encender” los ánimos de los electores.
Se antojan campañas opacadas por un ánimo derrotista, donde los candidatos siguen con las mismas prácticas de siempre en una sociedad cambiante.
Poco o nada han hecho los equipos de los candidatos para adecuar la búsqueda del voto ante un padrón que no es el mismo de hace seis años.
La población de Tlaxcala ha cambiado en muchos sentidos.
Hoy el grueso de la población ya empieza a ubicarse en centros urbanos. Las ciudades crecen a pasos agigantados y las condiciones no se han modificado.
Actualmente ha crecido el número de electores menores de 30 años y los grupos de edades que dieron el triunfo al PRI hace seis años se han movido a otros grupos de edades.
De igual manera Tlaxcala tiene más profesionistas; que se traducen en personas más informadas, que hace seis años.
De igual manera, el universo de electores es un universo que emplea con más constancia las tecnologías de la comunicación y las llamadas redes sociales.
En suma, tanto en la ideología, como en la práctica cotidiana, los electores de hoy son totalmente diferentes a los electores de hace seis años.
Y sin embargo, se siguen haciendo las mismas campañas que se hicieron hace décadas. Poco se ha hecho por atraer a un nuevo elector, más informado, más crítico.
Todo apunta a que desde los partidos le apuestan a un proceso que no implique más trabajo, más idea, más forma. Le apuestan a ganar con el voto duro.
¿Pero qué tanto puede representar el voto duro en un sistema de partidos donde la ideología es lo último que se toma en cuenta?
¿Hasta dónde puede pesar el voto duro en un modelo en que ahora cambiar de partidos es tan común como antes lo era permanecer en el mismo instituto?
Las campañas apagadas tienen un solo origen: los tiempos han rebasado a los estrategas electorales. Y el tiempo de las campañas se acorta peligrosamente.