26 octubre, 2015
* Las preguntas que nunca tuvieron respuesta, privaron viernes y sábado.
Javier CONDE
Fatal, doloroso, estremecedor, llegó el momento de la separación, de la despedida. Él, consternado, abrumado estaba ahí frente al féretro de su congénito. Con su digno dolor, con su eterno amor se inclinó y delicadamente tocó la caja de madera de caoba, no sin antes musitar: “¡Adiós hijo mío!”…
Una y otra vez, la misma expresión. Flores y coronas color blanco, así como un viento que bailaba con el silencio fue este sábado, el de la despedida a Joaquín Cisneros Sánchez, el delegado de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) en Tlaxcala quien perdiera la vida en un fatídico accidente aéreo.
Eran las 11:00 horas, cuando comenzó la misa de cuerpo presente. En ese lugar de un verdoso jardín, donde Joaquín, el hijo del exsenador de la República jugó alguna vez -en su infancia- se daba cita la clase política del estado. Mariano González Zarur, gobernador de Tlaxcala, permanecía junto a Mónica y Lorena Cuéllar Cisneros, sumergido en su nostalgia.
Y qué decir de doña Lolita, la columna vertebral de la familia sumida en un profundo dolor clavada con su mirada en una cruz de metal acompañaba el duelo. Poco a poco, sin remedio, sin marcha atrás Joaquín, el tercer hijo del ex alcalde de Tlaxcala, se despedía de lo terrenal.
Entre cánticos religiosos se escuchaban sollozos, pero los rayos del sol nunca dejaron de ser testarudos en medio de una inmensa capa de nubes, que provocaba Patricia, el huracán que aterró a propios y extraños, pero que supo perdonar.
Y ahí estaba él, Joaquín Cisneros hijo. Él iría al encuentro con el cielo, Este sábado era un día para el adiós, para el reencuentro con la tierra, siendo hombre y semilla.
Un pausado cantar de los pájaros, los viejos paredones del exconvento de San Francisco, en la capital del estado, eran testigos de la triste escena. Los árboles danzaban lentamente al compás del viento de este gélido otoño.
Mientras que don Joaquín, el padre del estudiante de aviación seguía sin poder creer lo que vivía, pero estaba ahí frente al cuerpo inerte de su consanguíneo. Era el último adiós. Una vez que concluyó la santa misa vino el aplauso, aplauso para ofrendarlo.
Las horas del fatídico accidente aéreo estaban tan presentes. Las interrogantes del por qué la avioneta tipo Cessna, con matrícula XB-KDE, la cual descendió estrepitosamente -este viernes negro, negrísimo- a la altura del kilómetro 166 de la autopista Puebla-Córdoba supuraban.
Él, el que heredó el gusto por los aviones, estaba ahí dormido eternamente; el que aprendió tres características de un piloto -ser parapente, ala Delta y planeador- disfrutó los placeres de la vida. Se dio un gusto que otros hombres no pueden, ser un aprendiz en la inmensidad del cielo.
En el mundo de la aeronáutica afirman que todo alumno debe analizar 17 pasos. Desde cuánto vale la matrícula hasta la sublime emoción para saber volar en un pájaro de acero a más de 15 mil metros de altura.
El placer lo disfrutó y el riesgo lo corrió, hoy descansa en paz. A las 13:00 horas, se pactó el momento de la despedida. La misa había terminado y Joaquín, iba al encuentro con Juan Pablo, los dos hermanos gemelos amantes de las alturas, ambos habitantes del cielo.