CRÓNICA: La caída del comando “Lobo”…

26 mayo, 2015

* ¡Hay encapuchados muévanse para allá!…

Alfredo González

Una fuente policiaca advertía a dos reporteros de un suceso. Y no era precisamente el intento de linchamiento de un ladrón en Santa Apolonia Teacalco. Un “azul” nos decía que habían aparecido unos encapuchados.

La ubicación que daba era la zona de hospitales en el municipio de San Pablo Apetatitlán. Sobre la carretera Tlaxcala-Apizaco había el rugido de las sirenas. Cruzabamos datos con otros dos periodistas y se confirmaba lo anterior.

Ambos estábamos a punto de llegar a Santa Apolonia, la otra cara de la moneda. La irritación social. Dimos marcha atrás, en esa noche del 21 de enero. Le hacíamos caso a la intuición. Las fuentes privilegiadas jamás fallan.

Un segundo policía nos informaba que en la delegación de la Comisión Estatal de Seguridad (CES) había una situación de enfrentamiento: “¡Muévanse para allá!… ¡La cosa está realmente cabrona!”…

En medio de un intenso tráfico ambos reporteros llegamos hasta la base policiaca. Un abrupto interrumpía el trajín de un día. Y los rostros bravucones de los estatales e investigadores estaban alterados, así como queriendo pelear.

Estacionábamos el vehículo y como siempre en posición de fuga. A la escena éramos los dos primeros periodistas en llegar. Los estatales y los investigadores bien atrincherados. De un bando a otro había armas cortas y largas.

Hasta ese momento, circulaban muchas versiones. Ninguna confirmada. Había alerta máxima y una crisis inevitable. No se trataba de un asunto de hermandad entre instituciones sino de una posición de enfrentamiento entre ambos bandos.

Frente a la delegación de San Pablo había un vehículo de la CES, modelo Tida, marca Nissan con placas de circulación 1-09997 del estado de Tlaxcala. Las puertas de par en par, las luces y motor encendido.

Las Pietro Beretta…

Las caras largas, los ceños fruncidos, los músculos del rostro de efectivos contraídos. Con miradas de linces se retaban unos a otros. Dedos huesudos y hasta regordetes acariciaban las 9 milímetros, esas Pietro Beretta al igual que otras armas largas calibre M-16.

Un tercer informante le decía a los periodistas que el origen del problema es que iban a “atorar” a dos policías estatales “malandrines” que huyeron en la unidad oficial y que se habían internado en dicha base de seguridad. Y doña Catrina como siempre astuta y sigilosa paseaba urdiendo un trama siniestro. Asechaba.

Eran las 20:00 horas. Nadie cedía. Todos atrincherados. Al lugar de los hechos llegaba Orlando May Zaragoza Ayala, el todavía Comisionado Estatal de Seguridad, con las mandíbulas visiblemente apretadas. Parco como siempre.

En aquel sitio cercano a la base de la Policía Federal, no había el mínimo destello de paz. Los policías investigadores movían de un lado a otro sus vehículos. Hacían rugir esos motores para hacer sentir su infalible protagonismo. El sello de la casa.

Y en una camioneta negra, de lujo llegaba la procuradora General de Justicia Alicia Fragoso Sánchez. Posteriormente, lo haría el secretario de gobierno, Ernesto Ordóñez Carrera. Instantes después ambos se internaban en esa delegación. Tras esa puerta de aluminio supuraba el hermetismo.

” Los verdes”…

A través de los radios marca “Matra” de policías estatales circulaba la versión de que “los verdes” estaban por llegar a la zona de conflicto de Apetatitlán. Cinco minutos después un convoy de militares llegaba al sitio.

La aparición de la milicia quizás enfriaba aquel centro de batalla que mantenían los dos bandos. Lo anterior representaba una seria crisis policial e institucional dentro de esa guarida de la Comisión Estatal de Seguridad (CES).

Los elementos de la policía investigadora bautizados con su mote de “judas” estaban sedientos de ir por su presa. Mientras que los estatales permanecían amurallados entre tanta patrulla estacionada en la delegación de bomberos.

En ese sitio todo era confusión. No había cabida para la paz. Los chalecos antibala, los toletes, las botas vaqueras y de casquillos, los encapuchados, la rabia, la zozobra eran parte de la escena. En dos o tres patrullas se escuchaban los corridos norteños que invocaban a la violencia.

De un bando y otro, los motores de las camionetas Lobo, Cheyenne y Ram bufaban. Las viejas rencillas de una eterna rivalidad salían a relucir entre ambos escuadrones. Lo cierto, es que los investigadores querían atorar a dos estatales.

Una vez que inició el diálogo para entregar a los presuntos hampones un periodista -con olfato de sabueso- nos confesaba que el móvil de dicha persecución, se debía a que los policías que huyeron estaban vinculados posiblemente en el delito de secuestro. Su fuente tampoco fallaba.

Luego un militar, de voz ronca, arrebatada, con su R-15 en mano le preguntaba a los periodistas: -¿Éstos cabrones qué se traen?…

Un reportero espetó: “desconocemos realmente el móvil”. Los tres comunicadores nos veíamos unos a otros y quedábamos callados. El militar pronto se marcharía.

Hierro candente…

Los peritos de la Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE), iniciaban con las diligencias necesarias en el vehículo donde supuestamente se había plagiado a un taxista. Esa versión jamás pudo ser confirmada.

En la escena unas manos con guantes de látex levantaban casquillos percutidos, eso demostraba que hubo disparos entre efectivos minutos antes de nuestra llegada.

Minuciosamente los mismos eran levantados al igual que todas las evidencias. Poco a poco, el rompecabezas informativo se armaba. De las especulaciones se pasaban a los hechos.

Y como siempre los policías investigadores amedrentaban a los escasos reporteros que nos dimos cita. Y es que la persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico para ganar la primicia.

Una noche de confusión total se mezclaba con lo gélido del viento de un rojo invierno de 2015. De pronto todo quedó en santa paz. Los soldados permanecían en una posición estratégica y los dos bandos se mantenían agazapados.

La hora letal…

A las 22: 00 horas, la orden de aprehensión contra dos policías se cumplimentó. Unas 15 unidades de la PGJE, se colocaban estratégicamente y dos patrullas de la Polícias Federal (PF), se prestaban para encabezar la caravana

En ese sitio, todos los investigadores estaban nerviosos, corrían de un lado para otro. Su adrenalina y nerviosismo podían más que la cordura. Se subían a sus unidades, y luego se bajaban. Mientras que la apología de los narco corridos en su máxima expresión. Desairando a la calaca.

Y por fin vino la entrega. Dos elementos de la CES eran ingresados a dos camionetas tipo Cheyenne, doble cabina, color gris de la policía de investigación. Ambas bufaban.

Tan pronto subían, las unidades de la PGJE salían a todo galope. Rechinaban llantas. Unas se iban a impactarse con otras. Era parte del ritual. Y unos expectantes policías estatales quedaban atrincherados. En medio de la escena los periodistas pedíamos una explicación, buscábamos a la “dama de hierro”.

La fatal noticia…

Media hora después, la procuradora General de Justicia del Estado, Alicia Fragoso Sánchez, cumplía con su palabra. Daba unos pasos con el secretario de gobierno, Ernesto Carrera Ordóñez y con el recién destituido May Zaragoza.

Enfrentaba el problema. La abogada de los tlaxcaltecas estaba frente a los reporteros. Serena pero firme. Antes daba un preámbulo de lo institucional. Decía que Mariano González, gobernador de Tlaxcala siempre le ha dicho que su única obediencia es con el ministerio de la ley.

Firme en su arenga revelaba que dos mandos policiacos estaban involucrados en cuatro secuestros exprés cometidos en los municipios de Huamantla y Apizaco.

Sin tapujos decía los nombres de los presuntos plagiarios. Orlando May Zaragoza, con la boca seca miraba de reojo a la procuradora. Sus minutos estaban contados en esa corporación frente a un escándalo social.

Alicia Fragoso decía que Jorge López Pérez, alias “El Lobo” titular de la Policía Estatal Acreditable (PEA) y Juan Carlos Yáñez, delegado de la policía municipal en Apizaco eran los cabecillas de un grupo presuntamente delincuencial.

Además, el secretario de gobierno admitía que era delicado que el segundo de a bordo de May Zaragoza, estuviera vinculado en este tipo de acciones. De pronto Ordóñez Carrera parecía un funcionario angustiado. Esta narración define el todo de lo que se vivió en aquella noche fría.

Entre estos datos duros sobre este delito extremo vieron las entrevistas, los testimonios que remataban con las declaraciones de May Zaragoza, en el sentido de que no presentaría su renuncia, que desconocía dicha actividad.

Empero, en los buscadores de internet , en los archivos periodísticos se demostraba una relación estrecha entre Zaragoza Ayala y López Pérez, en los estados donde fueron “colegancias”. Al ahora exjefe policiaco detenido le persigue un negro historial. Muchas historias que sacuden la propia realidad.

El tema del secuestro es impresionante, pero más impactante era saber que los tlaxcaltecas dormíamos con el enemigo, con ese lobo con piel de oveja. Luego, todo regresó a la tranquilidad en ese lugar, pero Orlando May quedaba navegando en un profundo silencio y sus horas como jefe policiaco estaban contadas.

Días después sería subido, en pleno centro y contra su voluntad a una camioneta moderna con vidrios polarizados para ser presentado ante la PGJE a fin de que explicara su relación con los presuntos secuestradores.

Y ya sin el poder de su “troka” Cheyenne después abandonaría dicha dependencia para caminar en las calles de Tlaxcala, como un ciudadano igual que los demás. El gobernador lo había destituido.

Y qué decir de ambos jefes policiacos detenidos, integrantes del “Comando Lobo” ingresaban a los separos de la PGJE, en calidad de detenidos para estar en esas frías paredes donde sucumbe la soledad, la impaciencia y donde el tiempo no tiene limite.

Sí, en ese lugar donde sólo se escucha la sinfonía urbana. Allá, donde dicen que existe el tatuaje de la tortura. Allá donde rondan y abundan las historias del ABC del crimen.

* Material publicado por segunda ocasión a petición de lectores… Primera edición 26/01/15.

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