Los hijos tiranos, los hijos de nadie

18 mayo, 2014

* Cómo imaginar que haya violadores, asesinos, lenones si son unos chiquillos.

* “Hay quienes piensan hacer pillerías y no lo permitiremos”, dice Juan Olmedo.

Primera de dos partes

Por JAVIER CONDE

Aquí, la cara más tierna puede ocultar la mirada de un asesino, de un violador, de un traficante de personas, de un vendedor de drogas, de un ladrón.

Aquí, las circunstancias han sido desafortunadas para todos ellos. Aquí, habitan los hijos tiranos que ya no distinguen entre lo que es el bien y el mal.

En el Centro de Internamiento de Instrucción para Adolescentes del Estado de Tlaxcala (CIIMAET), las rejas anidan la monotonía, siempre como horizonte grisáceo.

Una malla de unos seis metros de altura con púas en la parte superior, emula un laberinto, un embrollo para ingresar a los dormitorios donde se encuentran los tiranos.

Un improvisado edificio de dos pisos alberga a 40 menores infractores, la mayoría de ellos con un negro pasado lleno de cosas turbias, malévolas, infames, crudas y hasta crueles.

Tan sólo ese silencio, esa mirada animal que guardan todos los adolescentes parece que nunca dan tregua a los malos pensamientos. Parece que nunca invocan a la paz.

Uno llega a pensar que ellos urden, traman, conspiran su libertad, aunque para ello tengan que matar. Incluso, en estas enormes paredes se puede alcanzar el clímax del horror, por todo lo que se escucha y por todo lo que se cuenta.

Parecen historias extraídas de la mera ficción, pero al final todas tienen una trama real. Esto es Tlaxcala.

Cómo imaginar que el 90 por ciento de ellos hayan consumido droga algún día, cómo imaginar que algunos hayan traficado con armas.

Cómo imaginar que hayan asesinado a sangre fría, cómo imaginar que hayan jalado el gatillo de una pistola, cómo imaginar que tengan ese instinto criminal, si apenas son unos chavales, unos chiquillos.

Cómo imaginar que hayan robado, cómo imaginar que hayan sido lenones, cómo imaginar que sean hijos de la delincuencia, cómo imaginar que hayan violentado el Estado de Derecho. ¿cómo? …

Bajo ese uniforme azul carcelario, en cada uno de los adolescentes se arrastran historias por demás extrañas y de inevitable trama policiaco.

Acá todos son disciplinados, todos respetan un reglamento estricto que va encaminado a su rehabilitación. Acá no existen los privilegios.

Acá la realidad se toca y tiene nombre, pero muchos de ellos anhelan su libertad al costo que sea. Estos son los niños del crimen.

“No permitiremos pillerías”…

Este reportero ingresó al CIIMAET en julio de 2011, en un día en que 28 menores infractores recibieron un reconocimiento por haber culminado un curso denominado “Servicio a comensales”.  Han aprendido a ser meseros.

En el improvisado auditorio donde está la dirección del Centro de Internamiento, el área de psicología, una raquítica biblioteca, todo a la vez, se organizó un evento donde Juan Olmedo López, el director de Prevención y Readaptación Social del Estado, era contundente en su mensaje.

“Hoy vemos los resultados tangibles como parte de su rehabilitación, pero que hay una real capacitación para el trabajo y debo decirles que ser mesero es un trabajo rentable, trabajamos para evitar que ustedes sean una bolsa para la delincuencia nuevamente”, expresaba.

El funcionario les decía que las circunstancias han sido desafortunadas para todos ellos y que las propias circunstancias los han cambiado.

“Por esta razón trabajamos desde aquí en su reinserción dentro de la sociedad, pero hay quienes piensan que pueden hacer pillerías, saben porque se los digo y no lo vamos a permitir”.

En medio del discurso, algunos rostros de la ignominia quedaban pensativos, navegando en el más profundo de los arcanos. Otros de los chavalos, con su mirada tierna no dejaban de jugar como chiquillos con sus pies y manos.

En el corazón temporal del CIIMAET, hay momentos en que todo parece ser incierto, que cada uno de sus habitantes padece el síntoma de la soledad, que el futuro es oscuro, pero saltan como sapos aquellos destellos de la buenaventura.

Por fin ha terminado el acto protocolario y todos los comensales se disponían a degustar los bocadillos que ahí se prepararon.

Parece que ver caras nuevas, caras diferentes en medio del encierro es una fiesta para este pelotón de infractores. Y por un instante aquellos trogloditas olvidan el drama de las rejas. Su pasado y presente quedan amargados y qué decir de su futuro.

Aquí pesa el mundo…

El periodista mexicano, Julio Scherer en su libro “Máxima Seguridad” señala que la pérdida de la libertad física no se da sin menoscabo de la iniciativa interior. El hombre es una unidad.

“Lo que afecta al cuerpo afecta al espíritu, o como quiera llamarse al ser intangible de la inteligencia, la ternura, el resentimiento, la bondad, el odio. Esta es la constante de mis conversaciones con los presos”. Termina la cita.

Sergio Capito Mata, director del CIIMAET revela que un 90 por ciento de los menores infractores ha consumido droga y que periódicamente ingresan adolescentes que han cometido accidentes viales bajo los efectos del alcohol.

Señala que lo más graves son aquellos delitos vinculados con la asociación delictuosa y que desafortunadamente se han disparado en el último año.

Pone como ejemplo al estado de Puebla, que en su centro de internamiento tiene a cien menores; esto indica que en Tlaxcala hay una alta incidencia.

Comenta a este periodista que el internamiento se encuentra temporalmente en el anexo del Centro de Readaptación Social (Cereso) de la capital, debido a que las instalaciones ubicadas en Tzompantepec sufren algunas modificaciones para aumentar las medidas de seguridad.

Y cómo no recordar lo que ocurrió en el año de 2008, cuando un infractor de 19 años de edad, escapó sorpresivamente del CIIMAET, no sin antes asesinar a un custodio en forma grotesca.

El presunto asesino se llama Jesús Tzontecomani Méndez y fue detenido por la Policía Ministerial, el 22 de mayo de 2011.

Sobre este sujeto pesan diez averiguaciones previas, la última por matar presuntamente a César Chávez Gómez, policía municipal de Apetatitlán, el 31 de marzo de 2011. Además, está relacionado con otros delitos, como violación. Aquí, es un río interminable de historias y qué historias.

El ABC del crimen

Segunda y última parte

En aquella ventana con barrotes de un dormitorio se observa la figura de un adolescente que mira hacia el patio central del CIIMAET y que alucina con ganarse nuevamente la libertad. Parece un anfibio.

Es Roberto N. quien permanece en el encierro desde hace más de tres años. Está acusado de asesinar presuntamente a su madrastra. El chaval se convirtió en asesino a sus 14 años. No soportó un regaño de aquella mujer.

Tomó furioso un arma blanca y le cegó la vida. En un acto lúgubre tiró el cuerpo en una barranca.

Las autoridades del centro de internamiento confiesan -a este reportero- que dicho adolescente recibe continuamente atención sicológica porque temen que cuando salga de este lugar vuelva a matar.

Así de claro, se corre el riesgo de que aprenda por completo el ABC del crimen.

Y queda claro que el encierro camina, corre, tiene diferentes caras. De Roberto N. se cuentan muchas cosas. La principal es la forma en que mató. Jamás ha mostrado arrepentimiento.

Esa mañana, de un abominable sol, el chaval no salió al patio porque había un evento y los funcionarios no querían sorpresas con los invitados.

Mientras que en otro lugar del CIIMAET, Arturo N. confiesa en una charla con este periodista que está acusado de violar a una menor de edad. Según, él se presume inocente.

Niega en todo momento haber cometido este delito cuando existen las pruebas necesarias que demuestran lo contrario.

Y en tres ocasiones dice: “soy inocente”. Según él, no existen las pruebas necesarias para que la autoridad le fije una sanción máxima.

El presunto violador es poblano y por nada confiesa cómo fue la escena del crimen. Sólo dice que tiene la paciencia necesaria para salir de este lugar.

Lenones desde pequeños

Ellos nunca supieron lo que fue agarrar un balón de futbol. Jamás supieron lo que fue ese instinto maternal. Por el contrario aprendieron de su madre a ser lenones, a cobrar por traficar mujeres, andar de mesa en mesa vendiendo boletos para los table dance.

A ellos su madre los abandonó. En el momento del operativo policiaco, la mujer no tuvo piedad y huyó. Dejó a Pablo y Armando N. a la deriva. Ah, pero hay un tercero Luisa N. su hermana.

En total tres detenidos, los tres de la misma sangre. Los varones están en el CIIMAET en Tlaxcala y la mujer en el anexo del Cereso de Apizaco.

En su defensa los tres argumentan que no sabían lo que hacían, que no sabían lo que era un delito, que desconocían lo que es bueno y lo que es malo. La edad de los tres promedia entre los 14, 15 y 17. Los tres buscan actualmente comprobar su inocencia.

Empero, la interrogante, aquella que siempre emana. ¿A qué se dedicarán cuando salgan del internamiento? ¿Dónde cobijarán su pasado? ¿La tentación los atrapará para volver a ese mundo retorcido?

Quién diría que a su corta edad, estén involucrados -sin saber- en el tercer negocio ilícito más rentable en el mundo. Cómo imaginar que esta es la niñez dentro del crimen.

Los bandoleros…

Han aprendido a tomar entre sus manos armas, y lo más cruel saber accionarlas en el momento justo. José Pablo N. y Eusebio N. son ladrones y asesinos.

Ambos planeaban la escena del crimen. Matar para robar el ganado. Las víctimas eran pastores y la escena del trasgresión el campo tlaxcalteca.

Ahí, están purgando su condena, ahí están sin remordimiento alguno, ahí están tras las rejas. Dentro de los estudios que se practican en el CIIMAET existen algunas líneas de investigación que apuntan que el narco mexicano emplea a este tipo de menores infractores.

Para los narcos, es más barato entrenarlos para matar que pagarle a un verdadero sicario. Sin duda, el crimen devora a los adolescentes, los exprime hasta perder su ternura.

Y este periodista termina su recorrido no sin antes preguntarle a José Daniel N. un chavalillo acusado de robar un tráiler a mano armada.

– ¿Sientes miedo?-se le preguntó

– “Sí está cabrón”…

– ¿Ya aprendiste a vivir entre violadores y asesinos?

– “Ya, imagínese el primer día”…

– ¿Qué se siente vivir en una prisión?

– “El encierro mata, está de la chingada esto”.

-¿Añoras tu libertad?

-“Sí, es una cosa divina…. aquí mueres todos los días”…

-¿Robaste el tráiler?

-“Nel a mí me utilizaron, yo era taxista”.

-¿Inocente?

-“Sí carnal, pero pues me atoró la chota y pues veme aquí estoy”, responde con tono de voz al puro estilo chilango.

Aquellas puertas con cerrojos de acero, las cuales poco se abren retienen un sinfín de atrocidades infernales.

Aquí, de pronto todo es encierro; uno se siente hostigado por las rejas; se siente uno asediado porque ya no puede uno distinguir entre las fuerzas del bien y del mal.

Aquí cualquiera de los internos es enemigo de la sociedad hasta que demuestren lo contrario, pero cómo imaginar que sean infantes y que hayan aprendido en sus diversas modalidades el ABC del crimen.

Directa o indirectamente han ingresado al mundo de la criminalidad. Ese es el infortunio de su vida. Éstos son los hijos tiranos, los hijos de nadie. Aquí, hasta la cara más tierna puede ocultar a un asesino.

Y como dice el novelista mexicano Homero Aridjis “podrás alejarte de los perros de la calle, pero no de los perros que ladran dentro de ti”. Esto es Tlaxcala.

* Crónica publicada en ÍNDICEMEDIA en julio de 2011.

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