30 marzo, 2014
* Saben que pueden ser presas de “Los Zetas”, de la blasfemia, de los asaltos, de los golpes, de los secuestros.
* “Aquí es un rinconcito cerca del cielo”, dice Isidro.
Por JAVIER CONDE
Segunda y última parte
Cuando la muerte ronda siempre está latente el riesgo para los migrantes que ahora muchos han decidido tomar otra ruta que los lleve al norte del país, pero quienes todavía son peregrinos de esta vía y llegan al albergue La Sagrada Familia, dicen que es, sin duda, un “rinconcito cerca del cielo”.
El día que este reportero estuvo en ese lugar, clavado junto a la vía del tren fue un testigo privilegiado de cómo es el diario de un indocumentado, principalmente, cuando cayó la noche, cuando fueron abrigados por la constelación, cuando el viento bailó con el silencio.
Bajo aquellas paredes que colindan con la iglesia del Cristo Rey, muy cerca de sempiterna estación del ferrocarril, se transpira una profunda paz. La otra cara, en medio de esa trepidante huida de la miseria.
Decía el periodista y escritor colombiano, Manuel Mejía Vallejo que hay quienes abandonan la vida como abandonar una casa. “Recorrer la calle, encoger los ojos, respirar abruptamente, tapar un recuerdo, acostumbrarse a la huida, siempre es escoger la otra manera de morir”.
Lo cierto, es que en este lugar que lleva unos tres meses operando, las reglas son muy claras para el migrante. Está prohibido: el ingreso de drogas, de alcohol, de armas de fuego o punzocortantes y alterar el orden.
Aquí sólo debe prevalecer siempre la voluntad de Dios, como lo expresa un cuadro incrustado en la pared de la humilde cocina, en el cual Jesucristo, está mirando al reino de los cielos, elevando sus plegarias.
Aquí podrán prevalecer muchas necesidades, pero lo básico hay: agua para bañarse, alimentación, ropa usada pero finalmente limpia y cómoda, una colchoneta bien aseada, pero lo más importante son aquellas manos que brindan, sin nada a cambio, la paz interna, aunque sea por una sola noche.
El confesionario…
En el dormitorio donde sólo pernoctan los varones abundan un mar de historias, unas llenas de lamento, otras de nostalgia, de comicidad, de dureza, de desafío, de resistencia, de miedo, de intriga, de misterio y del terror mismo.
Los rostros de los peregrinos son diversos: regordetes, pálidos, llenos de vida, delgados, desangelados, atufados, sonrientes, parcos. Pero aquí podrá abundar la monotonía, pero siempre el pensamiento obsesivo está puesto sobre el muro, sobre el Río Bravo, sobre el desierto de Arizona, sobre USA.
Y aquí donde descansan por unas cuantas horas los cuerpos de los ilegales, después de luchar contra sus propios demonios, en esa lucha de gigantes sólo quedan tres de cuatro menores de edad, desafiando su inocencia.
En ese grupo donde viene Roxana, la mujer nómada está José de 14, Carlos de 15 y Chepe de 16 años, respectivamente. Wilbert Eduardo, el hermano de la hondureña, se lo ha llevado la Policía Federal y de él nada se sabe.
Y aunque los menores hondureños se sienten aventureros, fuertes, reyes del camino, briosos, adultos, no dejan de ser adolescentes, el cambio de voz, es lo que los delata. La realidad se ve, se toca, tiene cuerpo.
Pero atrás había quedado aquel sobresalto de Orizaba, aquellas dos detonaciones de una furiosa pistola que provocó que Roxana, se cayera de un vagón, y se pegara en pleno rostro.
Era una clara advertencia para el grupo de 20 ilegales de que la muerte se cuela por todos lados.
La casa llena
En el albergue La Sagrada Familia, la casa estaba llena, habían llegado cinco migrantes más.
En la cocina se calentaba la cena para los 25 nicaragüenses, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, mientras “Oso”, el perro migrante de color castaño, meneaba su cola a todo aquel ilegal que entraba por la puerta principal.
Y cada vez que vez que escucha la llegada de una locomotora, el perro ladraba. Los del albergue dicen que lo dejaron aquí, una pareja de hondureños y ahora es quien se encarga de rastrear indocumentados y traerlos hasta este lugar fundado por el padre Ramiro Zárate Tonix.
A las 20:30 horas, uno que otro grillo comenzaba a cantarle a la oscuridad, y también otro “grillo” centroamericano también exigía su cena.
Elmer, aquel chavalo bribón, chapeado, con el abdomen abultado desde que llegó demandaba tenis, mochila, pantalón, teléfono para hacer una llamada a sus familiares, una buena ración de comida y le quedaba claro, posteriormente, que en ese albergue no se podía lucrar con la pobreza.
Aquí los encargados del albergue ponían claras las reglas: siempre ser honesto, siempre pensar en los demás, siempre ser justos, siempre ser equitativos.
Esa noche apenas un plato y medio de sopa de codito, con frijoles y rajas con huevo, se servía para cada uno. Y sí lo sabría este periodista que dejaba la libreta y la pluma, para servir la mayoría de estas raciones. En algo se debía acomedir.
Sin embargo, la comida no era suficiente para contener la hambruna de los indocumentados que contentos o no, cenaban y que posteriormente debían ir a lavar su plato y colocarlo en una tina situada a un costado de la cocina.
El cambio de ruta
El riesgo que perdura en la ruta Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Estado de México, entre otros, ha obligado a cambiar de ruta al migrante.
Es decir evitan pasar los estados del centro del país, y cruzar casi todo Veracruz, para no ser secuestrados.
La Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), señala que en los dos o tres últimos meses ha bajado notablemente el éxodo de indocumentados centroamericanos, por esta vía, debido a la alta peligrosidad que corren ahora.
Un migrante más…
Y cuando las manecillas marcaban las diez de la noche, las luces se apagaban en ese albergue al que Isidro, el nicaragüense bautizaba como “un rinconcito cerca del cielo” y por consiguiente el acceso al mismo se restringía por seguridad de los indocumentados.
Pronto muy pronto, todo quedaba en completo sigilo, y nuevamente los grillos le cantaban a la gélida noche. Cerca de las cuatro de la mañana, los primeros centroamericanos salían de ese lugar para trepar a las tolvas de ese tren y llegar a su próximo destino, el Estado de México.
Y cuando montaban nuevamente a aquella bestia de acero, sabían perfectamente que pueden ser presas de “Los Zetas”, de la blasfemia, de los asaltos, de los golpes, de los secuestros, de los asesinatos, de las vejaciones, en este camino que para muchos no tiene regreso en esta pesadilla mexicana -que tienen que vivir- antes de conquistar el sueño americano.