EL FUTURO DE LÓPEZ OBRADOR

03 septiembre, 2012

Escribe ALEXIA BARRIOS G.

Me parece que Andrés Manuel López Obrador, antes de decidir si convoca a una nueva “revolución democrática”, como parece insistir en estos días, debería sopesar a fondo de qué tamaño son las lealtades de sus seguidores y fieles consejeros; no vaya a ser que le pase lo que a Zapata, cuando más de uno de sus leales lo traicionó o, de plano, termine como el otrora ilustre insurgente de las montañas del sureste, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, pero que también tuvo la ocurrencia de convocar a una especie de nueva Convención Nacional Democrática.

Al respecto, debe recordársele otra vez la multicitada frase de Carlos Marx en el 18 Brumario de Napoleón Bonaparte: “La historia se repite dos veces,  una como tragedia y otra como comedia”.

A mediados de la primera década del siglo pasado, el general estadounidense Pershing, quien combatía a los hombres de Pancho Villa en el norte, exigía al gobierno mexicano que «Zapata y Villa son perros comunistas rabiosos que hay que eliminar» y condicionaba el apoyo y reconocimiento estadounidense. La presión para que los “revolucionarios”, que después se volvieron institucionales, se deshicieran de estos dos caudillos era muy fuerte.  Le tocó a Pablo González, el principal asesor zapatista jugar el papel central: le dijo a Zapata que el general Jesús Guajardo se quería unir a él y para ello lo citaba en la Hacienda de Chinameca, a donde el “Caudillo del Sur” acude para ser acribillado a quema ropa por las tropas de Guajardo el 10 de abril de 1919. Aunque los constitucionalistas repudiaron el procedimiento, Zapata fue elevado a mártir de la revolución y símbolo de los campesinos que se subirían, años después, al Partido Nacional Revolucionario, el abuelo del PRI. Es decir, las bases del “caudillo del sur” terminaron en las filas sectoriales del tricolor.

El 10 de julio de 1994, desde el sureste mexicano, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, convocó al pueblo a llevar a cabo la Convención Nacional Democrática del 6 al 9 de agosto de ese año. Se dijo, en su momento, que era “El esfuerzo de un proceso de diálogo y articulación entre las diversas expresiones sociales y políticas del país sobre los problemas fundamentales de la nación y sus posibles soluciones… El esfuerzo por construir un espacio amplio, plural y representativo, con el mayor respeto a la expresión de puntos de vista divergentes, pero con el común denominador de la necesidad del cambio democrático… El esfuerzo de la sociedad para exigir elecciones libres, limpias y democráticas, y la defensa de la voluntad popular.”

¿Alguien sabe quién escribe los mismos ejes discursivos a estos dirigentes políticos “de izquierda”?

En fin, el saldo de esta Convención neozapatista fue la división de su movimiento, de sus simpatizantes y de sus bases sociales de apoyo. A pesar de que contaron con el apoyo de destacados intelectuales, ONGs, líderes sociales y políticos, incluso con la anuencia de los gobiernos chiapaneco y federal para que se llevara a cabo y sin problemas dicha Convención, fueron los sectarismos los que terminaron por imponerse.

Por una parte, figuraron los radicales que exigían  sacar al EZLN de Chiapas y llevar “la revolución a todo el país”. Como no tuvieron éxito en su llamado, algunos analistas y chiapanólogos, surgidos después del levantamiento indígena, ubican a esta fractura como el origen de dos corrientes radicalizadas que buscaban el cambio del país por la vía armada: el Frente Amplio para la Construcción del Movimiento de Liberación Nacional y el Ejército Popular Revolucionario.

Por otra, figuraron los moderados, los zapatistas puros, que como el otroara ilustre “subcomandante Marcos”, quien les espetó a los radicales y prácticamente los expulsó de su Convención al decirles algo así como “¡me cago en las vanguardias revolucionarias”. Posterioremente, en esta corriente, los grupos stalinistas y maoístas terminaron de la greña, literalmente, con los intelectuales trotskistas que querían imponer su lógica al movimiento (muchos de los primeros, por cierto, han buscando reacomodo de la masa crítica del lopezobradorismo).

La insurrección etnonacionalista de “Marcos” terminó, como todos saben, en una gresca entre vendedores ambulantes contra policías estatales mal preparados en el centro de Texcoco, donde todos pagaron los platos rotos; bueno, no todos, los activistas de Atenco fueron los encarcelados porque los “revolucionarios exquisitos”, esos salieron huyendo cuando vieron venir a la policía.

Pero para el movimiento purificador republicano de Andrés Manuel López Obrador su momento clave no estuvo cuando el Tribunal Electoral entregue la constancia de mayoría a Peña Nieto –como tampoco lo fue cuando se la dieron a Felipe Calderón—, sino el 1 de septiembre, cuando se instaló la LXII Legislatura y los candidatos triunfadores del Movimiento Progresista protestaron junto con los panistas, priístas, verdes y panalistas.

Ahí se supo, como se dice comúnmente, de qué lado mascó la iguana, pues ninguno de sus representantes tuvo el valor o deslizó siquiera la sospecha de que pudiera renunciar a su cargo de elección popular, obtenido en una elección “sucia”, “comprada”, “apestada”, etc. Mucho menos se espera que alguno de los próximos gobernadores de Morelos y Tabasco, ni que el nuevo jefe de gobierno del DF tengan entre sus planes no asumir el cargo en protesta porque la elección fue peor que fraudolenta.

A nadie le queda duda de que en la Cámara de Diputados se librarán gran parte de las batallas del próximo sexenio, el PAN, PRI PVEM y el PANAL tendrán la mayoría suficientes para reformas de trascendencia. Pero sin algunos votos del PRD, PT o MC, ni el consenso de los gobiernos emanados de las izquierdas, será complicada una reforma estructural. De ahí que los operadores estrellas del PRI tienden ya sus redes hacia el PT, ex Convergencia y los pragmáticos del PRD. ¿Cuántos de los ahora plantados en el mismo discurso del plantón de Reforma de 2006 se sumarán a los números que le hacen falta a los prianpanaverdelistas?

Zapata era muy desconfiado para escuchar buenos consejos. Muy pocos podrían presumir que le hablaban al oído y que éste lo escuchara. Como buen caudillo, no permitía que nadie interpretara sus pensamientos, ni cuestionara sus decisiones o voluntad de “perdonar” a sus enemgios. Sin embargo, terminó entrampado por su asesor más leal.

“Marcos” se durmió en su soberbia y así acabó. Muy pocos se acuerdan de él. Sus halagadores, los zalameros de la izquierda exquisita, que cubrían día a día, hora tras hora sus días de batalla, ahora son sus principales detractores. Recuerden su última incursión mediática con el escritor Luis Villoro y verán a qué nivel quedó reducida la relación del ex “enigmático” hombre de las montañas del sureste y los intelectuales y periodistas de “la izquierda crítica nacional”.

Ayer, Andrés Manuel López Obrador anunció que ni se retirará ni dejará la política. Con ello, hace a un lado lo que le habría prometido a sus hijos y a su actual esposa: “si no gano, me retiro”. También rompería con el compromiso “de hermanos” asumido con su único círculo íntimo (léase únicamente a Octavio Romero Oropeza, Alberto Pérez Mendoza y Nicolás Mollinedo, porque los demás “cercanos” no existen) de que si no ganaba se iría a “La Chingada” (Palenque, Chiapas), desde donde podría con el apoyo del gobernador Arturo Núñez Jiménez, conformar un movimiento regional para el sureste mexicano y hace realidad su viejo sueño de un gran frente de entidades de la región para exigir al centro del país el mejor de los tratos y el mayor de los presupuestos para revertir su rezago histórico (algo que por cierto, traía muy preocupado al mandatario electo de aquella entidad). Y decía que con ello podría apuntalar al proyecto de Marcelo Ebrard al 2018 y dejando que la izquierda gobierne por fin el país.

Ni la una ni la otra.

¿Qué podemos esperar de Andrés Manuel y sus leales para el 1 de diciembre? ¿Qué podemos esperar del destino de la nueva Convención Nacional Democrática lopezobradorista? ¿Cuántos “traidores” más sumará a su causa y liderazgo, acumulados desde 1983 cuando fue echado del PRI tabasqueño?

Por ahora es difícil saberlo porque el propio López Obrador sabe que está debilitándose su movimiento y su discurso ya es muy repetitivo para ser atractivo y que dure otros largos seis años.

Por esta razón es que convocó a la asamblea el 9 de septiembre, para poner a prueba y exigir cuota de movilización a los perredistas, petistas y ex convergentes que ganaron cargos de elección gracias a él. De otra forma, hubiéramos tenido un gran mitin este domingo 2 de septiembre y uno un Maratón Internacional y después un amplio despligue de fuerzas militares.

Esta semana será de larga reflexión para el caudillo, sabe que los “voluntarios” y “radicales” que lo quieren empujar a una nueva batalla no son confiables, que en cualquier momento le puede pasar lo que a Emiliano Zapata o al “subcomandante Marcos”. Pero algo debe decirles y ese “algo” lo estará preparando a partir de ahora.

alexiabarriossendero@gmail.com

 

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