DE CAMPAÑAS NEGATIVAS Y GUERRAS SUCIAS

09 enero, 2012

Por ALEXIA BARRIOS G.

Desde las elecciones de 1988, en que prácticamente en el México moderno se conocieron por primera vez elecciones altamente competitivas, el uso y abuso de las campañas “negativas” y “sucias” no ha tenido límite y, para bien o para mal, los partidos y sus candidatos las han adoptado y asimilado como parte de sus estrategias.

Desde la presentación de los hermanos de Cuauhtémoc Cárdenas en el noticiero 24 Horas reprochándole su falta de congruencia hasta el epíteto a Andrés Manuel López Obrador de ser un “peligro para México”, no hay tregua que valga con tal de obtener el poder político.

En lo particular, el uso de las campañas negativas y sucias es un arma de dos filos, porque quien las use deben tener un soporte de información fidedigna que le dé sustento a sus afirmaciones o, en caso contrario, la verdad terminará por imponerse provocando reacciones contrarias a lo esperado. Pero hay que distinguir entre hacer campaña sucia o hacer campaña negativa.

La información negativa y bien sustentada sobre un candidato permite al ciudadano tomar una mejor decisión. Así ocurrió con Arturo Montiel, que sólo bastó una filtración sobre su listado patrimonial para que abandonara la carrera presidencial al interior de su partido y para que prácticamente se autojubilara políticamente.

En las campañas para alcaldes o gobernadores, la oposición debe trabajar arduamente para comprobar que el partido en el poder ha hecho mal las cosas y que la ciudadanía requiere un cambio, que ellos ofertan. Por eso, son bienvenidas las críticas previo y durante las campañas políticas porque sólo así se conocen a fondo las irregularidades de las administraciones públicas y con ello los ciudadanos podemos perfilar mejor nuestra elección.

 

La filtración y reafirmación de datos obscuros sobre los aspirantes a un puesto de elección popular siempre son bienvenidos. No hay nada mejor para los ciudadanos que estar alertas ante un personaje del que sólo conocemos por fuera y no por dentro ni sobre el origen de su presunto liderazgo o sus intereses detrás. Sobran ejemplos recientes de políticos pasados a desgracia por sus vínculos con el crimen organizado. Lamentablemente muchos de estos vínculos son descubiertos o probados ya que han ejercido el poder público o cuando tienen algún fuero.

La ciudadanía siempre agradece que se pongan al desnudo a sus candidatos, sea cual sea su verdad y sus mitos. Es responsabilidad de su actuación pública aclarar, desmentir o evidenciar las probables mentiras, así demostrar con hechos que quien acusa está mintiendo.

Eso ocurre ahora con las campañas en redes sociales sobre Enrique Peña Nieto y sus debilidades culturales, sobre Andrés Manuel López Obrador y su cambio de discurso y sobre la mediocridad de los aspirantes del PAN. Por ello, reitero, hay que distinguir entre “lo negativo” y “lo sucio”.

En las campañas sucias sólo se busca confundir y denigrar gratuitamente, y es en este segmento donde vemos que casi todos los políticos y partidos se quieren apegar. No buscan investigar y establecer datos con argumentos firmes sino sólo la descalificación gratuita. Bastan genios de la publicidad política para depositar alguna información alarmista.

Ese es el estilo de las campañas en las llamadas “democracias más antiguas y desarrolladas”, como los Estados Unidos, y las  democracias emergentes de Sudamérica, donde han surgido la mayoría de los “expertos” en guerra sucia (cuyos nombres son harto conocidos por los políticos mexicanos, ya que son quienes más los contratan).

Ejemplos de campañas sucias se dan en los estados y el DF: en el DF se sueltan los golpes bajos:  que los perredistas Alejandra Barrales es la “diputada botox”, que es simplona, sin talento ni ideas propias; y que Miguel Mancera es un “cuico”, que no ha militado en la izquierda, que es el candidato de la derecha y que tiene muchos pendientes en su desempeño como procurador.

En Jalisco que el priísta Aristóteles Sandoval está ligado al narco, que hay una declaración muy comprometedora de un sicario y que en el celular de un lavador de dinero ejecutado aparecían llamadas a su teléfono; en Morelos, que el PAN ha infiltrado al PRI para imponerle candidato y de este modo evitar que pierdan la gubernatura; en Tabasco, dos precandidatos del PRI, Luis Felipe Graham y Jesús Alí, se acusan indirectamente de uno ser peor que el otro en redes sociales.

Rumbo a la carrera presidencial, las guerras sucias aún no se han presentado a fondo, sólo pequeños destellos. Sin embargo, los efectos de las campañas negativas contra Peña Nieto y AMLO, por ser los precandidatos ya en campaña, apenas están registrando algunas variables.

Los datos de Parametría [http://www.oem.com.mx/elsoldemorelia/notas/n2377213.htm ] reportan una tendencia a empatar las preferencias en el segundo lugar entre el PAN y la coalición Movimiento Progresista (PRD-PT-MC), aunque una muy baja disminución en las preferencias  del PRI y Peña Nieto.  Al priísta, según estas cifras, las campañas en redes sociales mostrarían que sólo lograron aumentar su popularidad pero no disminuir sus preferencias. En el caso del PAN, se podría detectar que los votos y simpatías que ha ido perdiendo se están yendo al PRI en mayor proporción que los que se van con AMLO, a pesar de que está creciendo su aceptación.

Sobre guerras sucias y campañas negativas hay mucho todavía por venir. Por ahora, los motores apenas se están calentando y no hay que creer que todo lo que vuela en el aire es lodo y pestilencia.

alexiabarriossendero@gmail.com

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