19 diciembre, 2011
*Llevaba fuego y no agua el río Atoyac
*Aquí, en Texmelucan, nada volverá a ser igual
Primera de cuatro partes
Por JAVIER CONDE/ CRÓNICA
El caos, el desconcierto se adueñó de las colonias El Arenal y San Damián. Era impactante que un río llevara fuego y no agua. Era asombroso observar personas calcinadas, vehículos y casas-habitación reducidas a chatarra y escombros. Tal parecía que un jinete del Apocalipsis, el de la muerte, había cabalgado en su pálido corcel.
Impensable que esto pasara en San Martín Texmelucan, un municipio próspero del estado de Puebla. Esto fue lo que mis ojos vieron, en este domingo negro, donde los gritos de pánico, de sufrimiento y de un profundo dolor no dejaron de cesar cada instante. Aquí nada volverá a ser igual.
En ese sitio privó el pánico, la incertidumbre cuando el cielo se tiñó de rojo, cuando una explosión en un ducto de Petróleos Mexicanos (Pemex), se convirtió en una muralla de fuego que arrasó -en segundos- con la vida de 28 personas, que cambió el destino de 54 más y que llenó de luto a la sociedad.
Y es que un estruendo, en medio del alba cimbró a la población entera, pero lo trágico sucedió en la calle Camino Antiguo de San Damián, donde el combustóleo se transformó en un dragón de fuego. Sí, en un monstruo de mil cabezas, devastador aquél y que no tuvo piedad de nadie.
A varios kilómetros de Texmelucan, era visible una nube oscura, como si un volcán hubiera despertado enfurecido. Las llamas, alcanzaron los veinte metros de altura.
En la periferia había un batallón de militares, de policías federales, de rescatistas, de ambulancias, de patrullas, de periodistas, de voluntarios que iban de un lado a otro, de bomberos de Puebla y Tlaxcala, luchando contra las voraces llamas. Pero sobre todo de familiares devastados que buscaban entre los escombros a sus muertos.
El retrato del río Atoyac, era lúgubre, era nebuloso. Decenas de árboles se reducían a simples cenizas. En su caudal había rasgos de ese líquido mortal, cuyo olor asfixiaba y que había cambiado el sueño por interminable sufrimiento.
Entre las escasas ramas, aparecía un solitario pájaro silvestre color rojo, que había perdido su propia brújula, su propio hábitat, pero lo insólito es que nunca dejó de cantarle al día en medio de la desventura, en medio del naufragio. Vaya ejemplo.
A las 07:00 horas en las redes sociales como facebook y twitter circulaban sinnúmero de fotos y videos de este lamentable hecho, que conmocionó a la sociedad en general no sólo de Puebla y Tlaxcala, sino del país entero.
Según la autoridad federal, el accidente se originó por la “ordeña” clandestina de ductos de Pemex.
La guerra de información era avasalladora, las cifras eran diversas, el recuento de los daños era impreciso, mientras que los vecinos, los damnificados se quejaban que la ayuda del gobierno municipal y estatal había sido tardía.
Y cómo no si sólo había cuatro bomberos en la estación, para sosegar aquellas feroces llamaradas.
¿Y los cráneos?
Frente a un motel, donde quedó varado y calcinado un automóvil marca Toyota, donde el tripulante y su acompañante ya no pudieron huir, elementos de la policía municipal y del Ejército permanecían vigilantes, dado a que el Servicio Médico Forense (SEMEFO), realizaba el peritaje en su interior.
Se dice que habían quedado atrapados algunos clientes. De acuerdo con la versión de Armando Espinoza, un policía municipal hubo varias personas quienes tuvieron que trepar a la azotea para descender con sábanas y toallas que amarraron para evitar que los dedos huesudos de la muerte conspiraran.
Dijo a este reportero que una señora devastada por la tragedia le había preguntado -cinco minutos antes de nuestra conversación- por dos cráneos de sus familiares que no halló en su casa sepultada entre los cascajos. La pregunta, nunca encontró respuesta.
Y la misma mujer de unos 35 años envuelta en llanto deambulaba en ese tapete oscuro de pegajoso de combustóleo, entre ese mosaico verdoso olivo y rojo de uniformes militares y de paramédicos de la Cruz Roja. En su mirada había la sombra de su calvario.
Mientras que el mismo policía comentó a este periodista: “mire usted, un compañero de nosotros Andrés N. sufrió una desgracia”
Agregó: “hoy salió de su guardia, de repente escuchó por el radio de frecuencia que por su casa había un incendio, se apresuró pero cuando llegó al lugar encontró su hogar en llamas y a su familia muerta (…)”.
Un mar de historias
Pero tampoco podían faltar las historias fantasiosas de aquellos reporteros irresponsables que daban cuenta de información como aquella que decía que San Martín Texmelucan, estaba destruido, que había miles de damnificados y también la de aquellos habitantes que vociferaron que vieron todo y de plano no vieron nada.
Y también había aquellas historias -estas sí reales- como la de Andrés Hernández, socorrista de la Cruz Roja que tomaba imágenes con su teléfono móvil de lo que había quedado de la casa de su abuelo.
“No es lo mismo atender un servicio a la sociedad, que llegar y ver la casa de tus familiares ardiendo en llamas”, indicó a este cronista.
El paramédico apretó los labios y recordó aquellos años en los cuales jugó en aquel jardín que dejó de ser jardín. “Mi abuelo, que falleció hace tiempo construyó con mucho esfuerzo su casa y mira no quedó nada, pero doy gracias a Dios que mi tío y su familia hayan resultado ilesos… cuando llegamos aquí, esto era un infierno”, puntualizó inconsolable.
O bien el relato de Pedro Sánchez que vivía junto al río Atoyac, que andaba buscando lo que quedaba de sus pertenencias.
En ese asentamiento irregular, el joven de 30 años, contó lo que pasó en esa abrumadora noche donde quedaron a salvo sus hijos, su esposa, su caballo, pero lamentó que hayan muerto sus canarios, sus pollos, pero sobre todo “Scooby”, su perro ratonero consentido.
Pero cómo imaginar que en medio de la nada, sólo haya quedado intacto un cuadro con la imagen de la Virgen de Guadalupe, incrustado en una de las paredes de lo que algún día fue su hogar.
La improvisada morgue
La tarde ya envejecía, pero no el dolor. Personal de los gobiernos federal, estatal y municipal hacían todavía el recuento del desastre.
También habían acondicionado una improvisada morgue en el auditorio deportivo de San Damián y en ese lugar todo era confusión, llanto, nostalgia, desesperación.
De los camiones del Ejército Mexicano, bajaban féretros y muchos familiares con el rostro contraído no paraban de llorarle a sus muertos, pero lo más lamentable es que el terror no podía irse de San Damián, donde ese mismo jinete del Apocalipsis, el de la muerte, se adelantó en su camino, en este negro, negrísimo amanecer.
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LOS DAMNIFICADOS SE SAN MARTÍN
* “Impresionante lo que viví”, dice un militar
* Acusan al alcalde de no dar la cara
Segunda de cuatro partes
A 48 horas de la tragedia aquí todo es confusión y desaliento. En la Zona Cero, donde el número de muertos se elevó a 29, el silencio es abrumador, las cifras son aún son imprecisas por parte de la autoridad. Ese fuego brutal, fue un dardo letal a las entrañas de San Damián, a las entrañas del corazón de los sobrevivientes.
Y cuando comience en las próximas horas la demolición de los inmuebles afectados, se borrará la escena del desastre, pero jamás aquel tatuaje de ese domingo negro, negrísimo del 19 de diciembre de 2010.
El presidente de la República, Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala han escuchado -de viva voz- el clamor, la congoja de los damnificados, pero éstos han dicho a la prensa que temen que no hagan nada los “señores en el poder” y que todo haya sido para justificarse, para salir en la foto.
Pero las versiones, los rumores o los simples chismes de que fue un descuido de Petróleos Mexicanos, de que fue un atentado del narco, de que fue la ordeña indiscriminada de los ductos, son sólo eso versiones encontradas.
Este semanario nuevamente estuvo en la calle del Camino Antiguo, donde las casas dejaron de ser casas, donde los sobrevivientes se aferran a su pasado, donde otros hallaron a sus muertos, donde la muerte vistió de gris.
Hoy, cuando las evidencias crecen, cuando acusan al presidente municipal de Texmelucan, Noé Peñaloza Hernández, de no dar la cara; cuando las preguntas se quedan sin respuestas, cuando los dolientes hablan por encima de los escombros, el ambiente pesa. Este inicio de semana fue estremecedor, por mucho, doloroso.
Hoy, cuando se recuentan las piedras, cuando se mide el impacto del desastre, cuando se remueven los vehículos hechos añicos, cuando el fuego acabó con la vida de 16 pequeñines y 13 adultos, cuando se recorren aquellas ruinas son ausencias, son escenas de un momento irreparable.
Este lunes por la noche, en un afán de mero protagonismo, Blanca Alcalá Ruíz, la presidenta de la capital poblana llegó con su séquito, con su comitiva para recorrer el lugar por unos cuantos minutos y después, tomó su ostentosa camioneta color Blanca, Hummer, dio una entrevista -a modo- a un reportero de Televisa y se fue.
El relato de un soldado…
Un comandante, un militar -que pidió la gracia del anonimato- confesó a este reportero que ese domingo negro, negrísimo la escena fue desgarradora. “Jamás había visto algo así, llegue con mi tropa a las cinco de la mañana con 40 minutos y nos sorprendió ver el fuego que corría, impresionante”.
“En la zona militar, recibimos una llamada de emergencia, por lo que creímos que se trataba de incendio en campos de cultivo, porque es época en que la gente quema la maleza en sus parcelas o predios y nosotros veníamos con nuestras palas en mano, pero quedamos rebasados, en ese momento”, dijo.
Relató “poco después recibimos una orden de que había que hacer todo lo posible por rescatar vidas y así lo hicimos; tres horas después nos ordenaron que nos pusiéramos el gafete amarillo del Plan DN-3; trabajamos en resguardar la zona, en entrar a las casas afectadas y encontramos personas sin vida”.
Consternado él señaló “de verdad qué desgracia porque vimos muertos, todos ellos inocentes, los agarró la oscuridad, pero bueno ahora estamos aquí, duele mucho observar este tipo de escenas, nuestro deber es estar con el pueblo”.
Ahí, se acabó la plática con este periodista, no sin antes recomendarle, que no ingresara a las casas devastadas, porque las paredes y techos estaban colapsados y el riesgo, es inminente en esa calle desolada.
Y a lo lejos, se escuchaba una canción, en medio del trajín urbano y era la de Belén. Los cánticos que provenían de una iglesia cercana donde -como cada año- se recuerda el nacimiento de Jesús, mientras que horas antes en otro templo había la misa de cuerpo presente de diez de los 29 fallecidos. Los claroscuros de la vida.
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MARÍA LA INCONSOLABLE
* A su hijo el policía, le explotó su camioneta
* La mujer busca, lo que queda de sus pertenencias
Tercera de cuatro partes
Frente a lo que quedó de su hogar está María, aquella señora inconsolable que no para de llorar. En el domicilio marcado con el número dieciocho quedaron sus recuerdos, sus muertos, su pasado, su presente y en sus manos están llenas de cenizas, porque aún sigue buscando entre los escombros sus pertenencias.
Ella, la mujer que está devastada, que está abrazada en todo momento de su hijo menor, no encuentra consuelo alguno, no para de hacer un recuento de la tragedia, no para de rezar, no para de llorarle a Juan, su hijo mayor, a sus dos nietos, a su nuera.
Son muchas las razones para que María Hernández, ya no quiera saber de la calle Camino Antiguo, de la Colonia San Damián, de Texmelucan; en ese lugar donde a su hijo el policía, le explotó la camioneta justo cuando la arrancó para que su familia abandonara el sitio en ese negro, negrísimo domingo.
Ya sus brazos de aquella mujer no tienen fuerzas, son más frágiles que el viento, sus lágrimas dejaron de ser ese caudal, son ya muy escasas.
Confesó a este reportero que a las cinco y media de la mañana, se escuchó un estruendo. Juan fue el primero que se levantó y “nos despertó a todos, él se apresuró a bajar al primer piso de su casa”.
Reminiscencias
“Recuerdo que mi hijo le dijo a su esposa que llevara a los niños al patio de la casa y claramente escuchamos otros seis familiares que estábamos aún arriba como se oyó otra detonación y nos tiramos al suelo… cuando salimos su unidad estaba en llamas ¡Dios mío que desgracia!”, dijo una madre desconsolada.
Detalló que esa calle era un río de fuego, imposible salir por la parte frontal y entre gritos de desesperación decidieron saltar por la parte trasera de la casa abrazada por el fuego y ponerse a salvo.
Con los músculos del rostro contraídos, con el alma sin aliento relató que a sus nietos y nuera, no los volvió a ver hasta que los rescatistas, los encontraron sin vida y de inmediato se comunicó con su esposo Arcadio para comunicarle de este aterrador hecho. Y de Juan sólo encontraron sus remedos.
-¿Dónde estaba su esposo?
-“Él estaba trabajando en Cholula, él también es policía”, respondió.
Con un nudo en la garganta comentó que Arcadio pidió permiso, para trasladarse de su trabajo a San Martín y cuando llegó encontró puro luto, una calle en pedazos, cuatro integrantes de su familia muertos, un manto de petróleo en el río, los muros de su hogar derruidos, a su esposa abatida, vaya escenario.
Su hijo menor, daba por terminada la charla más que entrevista con este cronista y ambos se perdieron entre los fierros retorcidos por el fuego, por aquellas paredes desnudas de esa calle donde había una mediana empresa, un motel, dos casas de lujo como aquella que está una ostentosa camioneta GMC y un Bettle, VW intactos.
Y a unos cuantos metros, los miembros del Ejército comenzaron a sacar a toda persona de la zona afectada, porque la orden fue que nadie autorizado podía estar en la tarde-noche del 22 de diciembre, un día después de la tragedia, donde el luto, la consternación imperan en la zona cero.
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LA REALIDAD SUPERA LA FICCIÓN
*A seis días de la tragedia, priva la desolación
*En Texmelucan, saltan las dudas como sapos
Cuarta y última parte
Lo que ocurrió en Texmelucan, Puebla apenas hace nueve días superó la ciencia ficción. Fue real. En la zona cero, sólo habita el fantasma de la desolación. Los que sobrevivieron a esa pesadilla dicen que aquello de lo que podemos imaginar, los que no vivimos ese infierno, es poco.
Y es que las dudas saltan como sapos en todos los rincones de San Martín, donde hace ocho días despertó entre la danza del fuego, aquella que volvió a rememorar otra tragedia, la de hace 29 años, donde otro estallido en un ducto de Pemex, estremeció a sus habitantes, pero en grado menor.
Poco después de las cinco y media de la mañana, de ese 19 de diciembre, de este 2010, que ya agoniza, la calle Camino Antiguo, de San Damián, había una profunda tranquilidad. Luego de la locura, vendría la otra cara, el sosiego, ese profundo letargo.
En los domicilios, donde las llamas fustigaron, donde el drama, la agonía, el terror acabó con los sueños -para siempre- de 29 personas, de hombres y mujeres, hoy las 58 casas dañadas comienzan a ser demolidas.
Inicia la demolición
Ahí, los trascabos comenzaron a derribar cada muro, cada recuerdo, cada vivencia, cada meta, cada esperanza, cada esfuerzo, cada anhelo de aquellos que lo perdieron todo, lo principal, sus seres queridos.
En la zona cero, el Ejército Mexicano dejó de hacer su labor. El verde olivo, no se ha vuelto a ver desde su retirada, pero ahora un batallón de los hombres de naranja limpia aquel lugar, donde el petróleo corrió como una víbora hambrienta que devoró a su presa.
En aquel enorme montículo de petróleo comprimido que está entre la calle Camino Real y el puente que comunica a la colonia Solidaridad, las más afectadas, los trabajadores empuñan sus palas, sus picos, sus escobas para retirar los residuos químicos.
En 108 minutos, el fuego cambió el ritmo de vida de Texmelucan; en 108 minutos, hubo pánico y terror; en 108 minutos hubo la movilización de bomberos, de elementos de protección civil, de policías, de militares, de personal de Petróleos Mexicanos, de socorristas, de periodistas.
A ocho días de la tragedia, el miedo sacudió a toda una sociedad; a ocho días de esta amarga pesadilla, la creencia de que el accidente fue provocado por la ordeña en un ducto de Pemex, así como lo dijo el presidente Calderón, es todavía una interrogante.
Antes y después
Y es que una oleada de rumores tanto de funcionarios, como de medios de comunicación ha hecho que la verdad sea más incierta, más confusa, para que la sociedad en general entienda a ciencia exacta lo que ocurrió.
Lo verdadero, son todas esas voces que en ese día reclamaban a sus muertos, esas historias reales, las dramáticas como de aquel padre de familia que murió abrazando a sus dos pequeños hijos; la de María que perdió a su hijo, sus nietos, a su nuera, luego estallara la unidad en que huirían.
Así como la de aquel padre y abuelo que murió entre la lumbre al tratar de salvar a nueve integrantes de la familia de apellido Medel. Nadie de ellos, sobrevivió.
Y como esa realidad, hay otras también de heroísmo, como la de aquel bombero Arturo Sánchez que salvó a más de seis personas atrapadas en aquel abrumador infierno, en medio de esa imponente nube negra, oscurísima que quedó suspendida por más de dos horas en la atmósfera.
Lo evidente, es que la flora y fauna del río Atoyac, hasta el momento nadie habla, nadie dice cuántos árboles fueron dañados y mucho menos de aquellos animales e insectos que forman parte del ecosistema.
El daño ambiental fue notorio, como notorio fue el signo de la agonía que provocó el derrame petróleo a los largo de tres kilómetros. En términos, esto fue lo que el fuego y el viento de esa mañana negra, negrísima se llevó.
Frente a los que perdieron todo
En el albergue instalado en el Complejo Cultural Texmeluquense, los integrantes de la compañía teatral “La Rutina”, trataban de apaciguar el dolor de aquellos de que plano lo perdieron todo, los que habitaban en casas de cartón y láminas a la orilla del río Atoyac.
En su interior hubo sabor a Navidad, no como los demás años, pero soldados prepararon una suculenta cena para 58 personas -entre niños y adultos-. El menú fue spaguetti a la boloñesa, pechuga asada con verduras, ponche, romeritos y un aguinaldo bien surtido.
Mientras que los demás sobrevivientes decidieron pasar la Noche Buena, en casa de familiares y amigos, pero lo cierto es que el espíritu de la Navidad, del nacimiento de Jesús, no se vivió como en años anteriores porque en la zona cero quedaron enterradas, destruidas sus ilusiones. Y nada volverá a ser igual. Nada.